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domingo, 9 de septiembre de 2007

Xilitla. Una morada espiritual en la Sierra Gorda

Mi casa tiene alas
y, a veces,
en la profundidad de la noche,
canta...

Sir Edward James

 Sir Edward James

Enclavada en la Huasteca Potosina en lo alto de una colina, se halla una aldea que, según vestigios de petroglifos, existe desde hace 1 500 años; la etnia nativa, la teenek, la nombró Taziol, después, bajo el dominio de las huestes de Moctezuma I, se conoció como Xilitla, vocablo que tal vez provenga, como discierne el historiador Joaquín Meade, de cili-tlán (lugar de caracoles), o bien, de Xali-tlán (entre la arena), y más tarde, en 1537, recibió el nombre eclesiástico de San Agustín de la Gran Xilitla, en honor al santo que da la regla a la orden a la que pertenecía Fray Antonio de la Roa, evangelizador de la Sierra Alta, quien, junto con su grupo clerical, favoreció la construcción del edificio monástico-militar más antiguo de San Luis Potosí, sirviéndoles de resguardo contra los ataques de tribus pames. Aunque este inmueble religioso quedó semiabandonado a principios del siglo XVII, aún se conserva altivo con sus contrafuertes y sus muros almenados tras haber sufrido las luchas intestinas generadas por la belicosidad chichimeca —que, por cierto, hizo arder el fuego destruyendo todo lo que era la bóveda y, sin miramientos, vejó la sacristía—, la guerra de Independencia, la de Reforma y la Revolución de 1910. Sin lugar a dudas, constituye un patrimonio invaluable de la arquitectura mexicana, pero este acervo no es el único que resguarda Xilitla.

 Gala, James y Dalí

Si llegas a este exuberante territorio, encontrarás, también, un paraíso privado que hoy se revela para todos; me refiero a Las Pozas, cuyo artífice fue Sir Edward James, un escocés, heredero de una familia muy acaudalada, quien, además, practicó el mecenazgo solventando la carrera de un sinnúmero de artistas, entre los que podemos contar a Pablo Picasso, Salvador Dalí, René Magritte, Man Ray y Max Ernst, y colaboró en el financiamiento de la célebre revista surrealista Minotauro, editada entre 1933 y 1939.
Con poco más de 40 años, este singular personaje se adentró en el territorio mexicano, incitado, en parte, por los paisajes y leyendas que sus amigos Günter Gerzso, Leonora Carrington, Remedios Varo y Kati Horna le habían referido; más tarde emprendió en nuestro suelo la empresa que le tomó el resto de su vida: apoyado incondicionalmente por Plutarco Gastelum, fotógrafo y empleado postal, se entregaría al afán de materializar un universo onírico de casi 50 hectáreas en la Sierra Gorda, pues, según se cuenta, una vez que nadaba en una poza de la zona, observó una nube de mariposas que cubrían el cielo, entonces, creyó que tal espectáculo era una señal para que eligiera ese paraje como su residencia permanente.
Entre una nutrida vegetación y la algarabía de las cascadas, 36 estructuras de hierro y concreto de diversas dimensiones fueron erigidas para dar vida a su edén, en lugar de las orquídeas que inicialmente plantó con el mismo objetivo, las cuales murieron a causa de una helada. Cada creación escultórica nos muestra la magia de la imaginación cuyas formas se inspiran en las obras de Giovanni Piranesi, Cornelis Escher y Antoni Gaudí. En su elaboración participaron 65 familias nativas, dirigidas por don Carmelo Muñoz Camacho y don José Aguilar.
Un paraíso en Las Pozas

Anillo de la Reina, La Columna Gigante, La Casa de los Pericos, La columna del estegosaurio, La casa de los tres pisos, El Ojo Divino y El palacio de Bambú son algunos de los nombres de las obras que podrás admirar entre el verdor huasteco, pero mis favoritas son: Las puertas de san Pedro y San Pablo, flanqueadas por sendas estructuras que figuran navajas con las cuales los apóstoles porteros se encargan de regular el acceso al paraíso; La escalera al cielo que se bifurca serpentinamente para que por un lado suban los pobres y por el otro los ricos, sin embargo, finalmente, no importando por dónde se ascienda se confluye en el punto en el que ya no hay más por delante; La flor de Bromelia, planta de gran altura que por su atractivo perenne representa el símbolo de diversos ritos iniciáticos que buscan la transformación espiritual del ser humano, quien deberá alcanzar la armonía por medio de la verdad; y por último, Las manos, una salutación para el viajero que emprende el recorrido por estos jardines con el alma pura.
Cuando Edward James murió, heredó a la familia Gastelum el conjunto de Las Pozas, pero, debido al costo que implica su mantenimiento, este año fue adquirido por la Fundación Pedro y Elena Hernández, A.C creando el Fondo Xilitla A.C, el cual invirtió 60 millones de pesos en la restauración de este patrimonio al mando de Juan Manuel Fraustro.
Se antoja un viaje en el que a la mitad del camino se reencuentre uno con su ser. Pienso que hay que ir hacia Xilitla, amén, más tesoros esconde en sus alrededores: Huichihuayán, Tambaque, Tamasopo, Tamul y el Sótano de las Golondrinas pueden ofrecer la atmósfera para pacificarnos, y si de amor se trata, Tancanhuitz de Santos es el lugar donde se dice que éste nace ¿Entre la arena o en el lugar de los caracoles podremos encontrar lo que buscamos?


Nota: los jardines de Las Pozas están abiertos diariamente de 9am a 5pm. Su acceso tiene una tarifa módica. El lugar cuenta con un restaurante pero sólo abre de miércoles a domingo.

Dejo este enlace para consultar más información: http://www.xilitla.org/

1 comentario:

  1. Wow! tus palabras me hacen querer volver visitar este lugar tan hermoso pero ahora con otros ojos (:

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