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domingo, 21 de septiembre de 2008

Recuerdos de una geografía pisada

 
Edificio de una tristeza perfectamente azul detrás de summerset street, óleo sobre tabla, 60x95cm 
Me sorprende descubrirme, mejor dicho redescubrirme en la cocina de estos óleos, pues no suelo pintar paisajes, un maestro que tuve en la ENAP, Tomás Gómez Robledo, le causaba algo de extrañeza el que yo nunca pintara un paisajito, siempre mis cuerpos y rostros, rostros y cuerpos como cartografías de mundos íntimos.
Estación de tren de Nuva Brunswick, óleo sobre tabla, 58.5x82cm.
Quise pintar los caminos y las ciudades como lo hicieron mis pintores favoritos (far out!). Pensaba en cómo Schiele, pintor también de cuerpos, pudo pintar Krumau.
George street un siglo antes, supongo, óleo sobre tabla 57x55cm


Antes de tales intentos de abordar este género tan apreciado, sólo había pintado una serie que hice cuando estudié la composición y técnica de mi amado Soutine, específicamente, las obras que plasman veredas sinuosas de Cagnes y Céret, pero estos ejercicios no eran contemplados por mí como paisajes; árboles y casas eran traducciones de sentimientos y estados de ánimo exaltados por la inquietud de la pocas certezas de este mundo. En fin, mi primer paisaje de Nueva Jersey tampoco lo contemple como tal ¡por Dios!¡ qué el puente no era puente! ¿vuelvo a la infancia?
El puente de Nueva Brunswick (Los reyes), óleo sobre tabla, 48 x 60cm

Había una vez un rey y una reina unidos por una corona de vagabundos engastados con piedras, preciosas para el suicida. Los monarcas tenían ojos enmarcados por arqueadas cejas , narices rectas como el orgullo y bocas que se hacían agua. Un espejo finalmente se los trago en un atardecer de un domingo cualquiera, el último para mí. Entonces, el río volvió a ser río, ahora corre en espera de otras Virginias, Virginias más decididas que yo; y el puente volvió a ser puente, ahora es encuentro y desencuentro de los otros.

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