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Algo me salió mal con Picasa y perdí todas las fotografías del blog. Ahora estoy recuperándolas, así que ténganme paciencia.

Xoxo

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jueves, 2 de octubre de 2008

¡Auxilio! Me mando mudar y el que se va está ido,

Silvia Teresa Flota Reyes, Isla, aguafuerte y aguatinta, 2003

Y yo aquí como Duchamp y Horacio, enganchando piolines y tirando los hilos de mi exilio. El sueño no llega, únicamente, en la noche prolongada están todos esos nombres que han quedado fuera; repito lo mismo que repetía nuestro personaje cortazariano, tan real como lo soy yo:
Comprender el amor [...] Pero el amor, esa palabra.

Los piantados y los idos y más vueltas al mundo...interno


Con motivo de la exhibición retrospectiva del surrealismo, organizada por André Bretón con el título de First Papers of Surrealism, Marcel Duchamp preparó la instalación Mile of string, inspirándose en el trabajo realizado en su habitación de París.
Nuestro célebre artista le cuenta a Pierre Cabanne que en la habitación en la que vivió en París antes de exiliarse, había pegado unos pedazos de caucho y [...] En el extremo de cada pedazo había un cordel que se ataba a los cuatro ángulos de la habitación: por lo tanto, cuando se entraba a la pieza no se podía circular porque los cordeles lo impedían.


Dibujo del capítuo 0 (de la araña) hecho por Julio Cortázar en su log-book de Rayuela
Ahora ¿Qué me dicen, encuentran la influencia de Duchamp?

Si no es así les ofrezco completo el capítulo II de mi tesina


(Pierre Cabbane, Entretiens avec Marcel Duchamp, cit. pos. Julio Cortázar en "Marcelo del campo o más encuentros a deshoras" p.175).

1918, 1968, 2008


La barraca vorticista este día hizo el llamado: "READY (not) MADE". Quien se encuentre en suelo bonaerense no debe resistirse a la oportunidad de tener un encuentro más a deshora con Marcelo del Campo.
Para conmemorar la estadía del hombre con el gran vidrio a cuestas y los bolsillos llenos de piolines, se ha hecho la invitación para caminar entre ríos y llegar al cauce del taller de Duchamp. ¡Lástima que estoy tan lejos! Me imagino que el espíritu de ese niñote llamado Julio Florencio estará allí, presto para coincidir, gracias a la imaginación, con ese peculiar francés, quien una vez le aconsejara poner piantado a Oliveira y tomar prestados sus piolines para tender los hilos de la telaraña de su exilio interior.
El maestro Duchamp y el niño Julio Florencio pisaron tierra de plata en el mismo año, 1918, nunca se cruzaron en el camino, pero en su quehacer, Cortázar siempre halló el punto de encuentro.



domingo, 28 de septiembre de 2008

El silencio de las sirena

Franz Kafka

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba: 
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente. 
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas. 
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción. 
Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. 
Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas. 
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises. 
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó. La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo. 

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