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miércoles, 16 de diciembre de 2009

Cartas 2 y 3


Segunda carta
Tu teniente acaba de decirme que una tormenta te hizo llegar a Algarve. Me aterra que hubieras que sufrir tanto en el mar; el temor me absorbió tanto, que deje de preocuparme por todas mis penas. ¿Crees, acaso, que tu teniente se interesa más que yo en todo lo que te sucede? ¿Por qué razón recibió él esta información antes que yo? En fin, por qué no me has escrito?
Bien desgraciada soy si no has tenido tiempo para hacerlo desde que te fuiste y, más aún, si habiéndolo tenido no me escribiste. Tu injusticia e ingratitud son extremas; pero me afligiría desesperadamente si ellas te ocasionaran algún infortunio. Prefiero que se queden sin castigo, a que se venguen por mí. Rechazo todo lo que me indica que no me amas y me siento dispuesta a abandonarme ciegamente a mi pasión, que aceptar las razones que me ofreces cuando me quejo de tu frialdad.
[…]
            Veo muy bien que te satisfaces con la menor de las disculpas y antes que te apresures a engañarme, te digo que el amor que tengo por ti te sirve con tanta fidelidad, que no puedo culparte, sino para gozar del inefable placer de perdonarte.
            Me venciste con la asidua perseverancia de tus galanteos, me inflamaste con tus arrebatos, me encantaste con tus detalles amables, me convenciste con tus juramentos, me sedujo mi propia inclinación apasionada […]
            Es verdad que amándote gocé las delicias jamás imaginadas, pero hoy me cuestan penas extraordinarias. Todas las emociones que me causas son siempre intensas […]
[…]
            Tu proceder es más propio de un tirano dedicado a perseguirme, que de un amante, quien sólo debería pensar en cautivarme.
[…]
[…] quisiste aprovechar cualquier pretexto para volver a Francia. Partía un navío. ¿Por qué no lo dejaste ir? Te había escrito tu familia. ¿No sabes de las persecuciones que sufrí en la mía? Tu honra te obligaba a dejarme. ¿Acaso resarcí la mía? Tenías que ir a servir a tu rey. Si todo lo que de él dicen es verdad, no tendría ninguna necesidad de tus servicios y habría podido prescindir de ellos.
[…]
[…] A pesar de todo, no me quejo del furor de mi corazón. Me acostumbro a sus tribulaciones y no podría vivir sin este placer tan especial, al que me aferro, de amarte entre mil dolores y penas.
            Pero lo que me mortifica sin cesar es el disgusto y el fastidio que tengo para todo… mi familia, mis amistades, este convento, todo se me ha hecho insoportable. Aborrezco todo lo que tengo que hacer y a lo que tengo que asistir por obligación. Tan celosa soy de mi pasión, que me parece que todas mis acciones, todas mis obligaciones te pertenecen.
[…]
            Todos perciben el cambio en mi genio, en mi manera de ser y en toda mi persona. La Madre Superiora me hablaba sobre esto, al principio con severidad, después, con algún cariño. No sé lo que le respondí. […] A todos conmueve mi loco amor y tú, sólo tú, permaneces en profunda indiferencia…, sin escribirme sino cartas frías, llenas de repeticiones, que no llegan ni hasta la mitad de la hoja de papel, lo cual me indica burdamente que te mueres de impaciencia por terminarlas.
            Dona Brites me buscó hace algunos días para sacarme de mi habitación y, creyendo que me divertiría, me llevó a pasear al balcón que mira hacia Mertola. Fui allí y luego me asaltó una cruel nostalgia, que me hizo llorar el resto del día. […] En aquel lugar te vi pasar muchas veces con una elegancia y gallardía que me encantaban. Estaba en ese balcón el día fatal en que comencé a sentir las primeras manifestaciones de esta desdichada pasión […]
            Conoces muy bien las consecuencias de esto que iniciamos y aunque no tengo nada de qué arrepentirme, no debo, sin embargo, recordártelas por temor de hacerte sentir más culpable y de censurarme por tantos afanes inútiles para obligarte a que me fueras fiel. ¡No, no lo serás! ¿Cómo puedo esperar de mis cartas y mis lamentos, lo que mi amor y total entrega a ti no pudieron hacer contra tu ingratitud?
            Estoy más que segura de mi desventura. Por tu inicuo proceder no me queda la menor duda de ella; debo sospechar de todo, pues ¡me abandonaste!


Tercera carta
¿Qué será de mí? ¿Qué quieres que haga? ¡Qué lejos estoy de lo que me había imaginado! Esperaba que me escribieses desde todos los lugares por donde pasases; ¡que tus cartas fueran muy largas!¡Que alimentarias mi pasión con la esperanza de volver a verte!
[…] Tu ausencia, algunos toques de piedad, el temor natural de arruinar por completo la poca salud que me queda después de agotadoras vigilias y de tantas preocupaciones, la poca esperanza de tu regreso, la frialdad de tu cariño y de tus últimos adioses, tu partida fundada en los pretextos más frívolos, mil otras razones más que, aunque buenas, demasiado inútiles, parecían prometerme un apoyo seguro para soportar esto, en caso de que fuera necesario. No tengo que luchar sino conmigo; mal hubiera podido desconfiar de todas mis debilidades, y prever todo lo que hoy sufro.
[…] Lloro, sólo por el amor que te tengo, las delicias infinitas que has perdido ¿Por qué fatalidad no quisiste disfrutarlas? ¡Ah! Si las conocieses, hallarías, sin duda, que son más deliciosas que la satisfacción de haberme engañado, y te habrías dado cuenta que somos más felices y más tiernos amando ardientemente… que siendo amados.
[…]
No sé ni quién soy, ni qué hago, ni qué deseo ¡Me destrozan miles de emociones encontradas!
[…]
 Vivo… ¡Qué desleal soy, pues hago tanto por conservar mi vida que por perderla!, Ay, muero de vergüenza...; ¿acaso mi desesperación existe sólo en mis cartas? Si te amase tanto, tanto como mil veces te lo he dicho, ¿no estaría muerta hace mucho tiempo? Te he engañado. Tú eres quien debe quejarse de mí […] Dime que deseas que muera de amor por ti. Te imploro que me ayudes, para poder vencer la flaqueza de mi sexo y poner fin a mis indecisiones, por un acto de verdadera desesperación…
Un final trágico te obligaría, sin duda, a pensar a menudo en mí. Apreciarías mi recuerdo y esta muerte extraordinaria te causaría una profunda conmoción.
[…]
Me resigno, sin murmurar, a mi malhadada fortuna, ya que tú no quisiste que fuera mejor. Adiós. Prométeme que me recordarás con ternura, si muero de dolor; y así podrá, al menos, la violencia de mi pasión, entristecerte y apartarte de todo.

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