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miércoles, 16 de diciembre de 2009

"me gusta todo lo que hice por ti, contra todas las reglas del decoro"


Esta entrada es larga, por lo que la dosificaré en tres tomas. Va de nuevo con dedicatoria, ahora es para Iram de la Rochefoucault, en ella transcribo extractos de cinco portugaises (1), a modo de jam response a su disertación sobre el amor, esperando que las cuelgue en algún lugar de su Atellier.
Aunque trabajo como escriba en la OGDA (Oficina General de Desahucios Amorosos), no creas, apreciado lector, que no soy receptiva y propensa a enamorarme, aunque al final,  de propia mano, tenga que aplicarle a tal sentimiento la eutanasia. Por ello quiero que adviertas el efluvio del amor en las epístolas que podrás leer aquí, después podrás reflexionar; si nunca has sido capaz de abrir tu alma ante otro de la manera como Mariana de Alcoforado la abrió a Noel Bouton, entonces no vengas con el cuento de que alguna vez te has enamorado.
Déjame que te introduzca en su loca e inexcusable (el delirio pasional no tiene por qué excusarse) declaración de amor. Esta joven monja, quien a los 11 años fue recluida en el convento de la Concepción de Beja, perdió todo pudor al conocer a Noel Bouton, conde de Chamilly y capitán  del ejército francés que apoyaba al de Portugal en la Guerra de Restauración contra España (1660-1667). Según como comentan algunos filólogos, Chamilly era amigo del hermano de Mariana, Balthazar, por lo que pudo ser que debido a esto, haciéndose pasar como devoto de la bondad de la monja, se estableciera la relación entre ellos, debemos también recordar que durante los siglos XVI y XVII muchos donjuanes frecuentaban los locutorios de los conventos incitados por la boga del amor cortés (2). Cuando Mariana conoce a Chamilly, tenía 26 años y 10 de haber tomado los votos, sin embargo  "[…] encargarse de Peregrina María [su hermana menor, la cual ingreso al convento con tan sólo tres años de edad] […] tal vez la mantuvo alejada de los arrebatos místicos, tan comunes de la época, y la pudo haber acercado más a la vida seglar.(3)" a finales de 1667, Chamilly decide no volverla a ver; Mariana, entonces, le escribe cinco cartas, acto que será condenado por su familia. En 1723, después de más de cincuenta años de penitencia, muere la monja portuguesa a la edad de 83 años.
Primera carta
Piensa mi amor: ¡qué desconsiderado fuiste! ¡Ah infeliz! Me engañaste con falsas esperanzas. Una pasión en la que tenía tan deliciosas expectativas sólo puede darme hoy una mortal desesperación, apenas comparable de la crueldad de esta ausencia. Y este abandono, para el cual mi dolor, por más que se esmere, no halla nombre más funesto, ¿habrá de privarme por siempre de contemplar esos ojos en que veía tanto amor y que me hicieron conocer los embelesos que henchían mi pecho de alegría, que eran todo para mí y, en fin, colmaban mi vida?
            Los míos estarán privados de la única luz que los animaba. En ellos sólo quedan lágrimas; no hacen sino llorar, desde que supe que estabas decidido a separarte de mí, una separación que es tan insoportable, que muy pronto me matará.
Y con todo, me parece que me aferro a mis penas, de las cuales sólo tú eres la causa. Te consagré mi vida desde que en ti descansaron mis ojos y siento un placer místico en sacrificarla por ti.
[…]
[…] ¿Cómo es posible que los recuerdos de tan dulces momentos se hayan tornado tan amargos?          ¿Y que ahora, contra todos mis deseos, hayan de servir para lacerar mi corazón? ¡Pobre de él! Al leer tu última carta mi corazón ha quedado reducido a un estado miserable: eran tan fuertes sus palpitaciones que me parecía que hacía esfuerzos para separarse de mí y volar hacia ti. Tan abatida quede por esas violentas emociones, que por tres horas perdí el sentido.
[…]
Después de esta conmoción he padecido muchas y diversas enfermedades; pero, ¿cómo he de vivir sin penas, si no te he de volver a ver? Sé soportarlas sin queja, pues provienen de ti […] Estoy resuelta a adorarte toda mi vida y a no querer a nadie más. Y creo que harías muy bien, igualmente, en no amar a ninguna otra ¿A caso podrías contentarte con una pasión menos ardiente que la mía? Encontrarás tal vez más hermosura —aunque en otras ocasiones me dijiste que era bonita— mas nunca hallarás tanto amor…y todo o más es nada.
[…]
Te exijo que me digas, ¿para qué te dedicaste a cautivarme tanto sabiendo muy bien que debías abandonarme? ¡Ah! Dí, ¿por qué razón te encarnizas en hacerme desgraciada? […]
[…] Pero, perdóname mi amor. No te culpo de nada. No estoy en condiciones de vengarme de ti y sólo acuso a la crueldad de mi triste destino […]
            Si algún interés en mi vida tienes, escríbeme con frecuencia. Bien merezco que tengas la delicadeza de contarme cómo estás y como te sientes […] No puedo deshacerme de este papel que ha de ir a tus manos ¡Cuánto quisiera tener la misma dicha! ¡Qué locura la mía! Sé muy bien que esto no es posible. Adiós: no puedo más ¡Adiós! Ámame siempre. Y haz padecer aún más a tu pobre Mariana.
(1) A partir de las epístolas que leerás, toda aquella de carácter amoroso que se jacte de tener suficiente pasión se le suele denominar "portuguesa", algunas veces estas son producto de una mezcla de candor y neurosis femenina, otras simplemente siguen el estilo con propósitos meramente literarios, yo no he recibido ninguna, pero he escrito unas cuantas, queda a juicio de sus destinatarios el determinar cuál ha sido su intención.
(2) Cfr. Ignacio Vélez Pareja, El hábito de la pasión: Cartas de amor de sor Mariana, Altamir Ediciones, 1996, p.29
(3) Op.cit., p.33

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