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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Una entrada con muchas calorías




¡Chocolhá, Chocolat… umm! Para aquellas personas que, como yo, les fascina la estructura narrativa del cuento maravilloso y, por otro lado, las historias que transgreden dulcemente, entonces, creo que estarán de acuerdo conmigo cuando afirmo que Chocolat es un film delicioso.
Una voz en off es la llave narrativa que nos revela la manera en cómo debemos atender la historia, sin embargo, en principio, el mitificador erase un vez podría pensarse como inapropiado para una historia cuyas acciones se desenvuelven en pleno siglo XX, alrededor de la década del cincuenta, en un pueblo que, si bien ficticio, se concibe como real al poseer un nombre, Lansquenet, y caracterizarse geográficamente como cualquier villa del este de Francia, de hecho el rodaje no fue realizado en un escenario artificial, sino que fue elegido un pueblecito fundado en la Edad Media muy cerca de Dijon (s. X), Flavigny, pero pronto esto queda salvado, ya que Flavigny deja de ser el Flavigny contemporáneo, lleno de vida y abierto a recibir visitantes y se torna en un opresivo lugar, sitiado por su continencia y amurallado por un conservadurismo, que nos remite a diez siglos atrás y, no parando allí, artificiosamente, como guiño semántico, el nombre de Lansquenet es escogido por derivar de la palabra alemana Landsknecht, es decir, siervo del pueblo (que bien dibuja la sumisión de los pobladores alentada por el Conde de Reynaud), y, además, por referir a una apuesta de cartas (citada, por cierto, en varias obras literarias, como por ejemplo, Les Liaisons Dangereuses de Pierre Choderlos de Laclos), la cual admite cualquier cantidad de jugadores y durante su desarrollo se dan condiciones suficientes para que se haga trampa (veremos que con la llegada de unos forasteros totalmente anacrónicos, que rompen con la normalidad aparente, se activa un juego parecido), y es que con la presencia de Vianne y su hija Anouk; y Roux y su grupo de piratas, se marcan una serie de antagonismos que ponen de cabezas los roles sociales del pueblo y, además, imprimen el elemento mágico.
Así que, si no han visto este trabajito del director sueco Lasse Hallström (The Cider House Rules, [1999] ¿What's eating Gilbert Grape? [1993]), prepárense a disfrutar de una historia con un agresor mordaz (la lengua larga del pueblo que margina y frustra); una heroína y su ayudante (madre soltera e hija, que se presentan en la historia como dos caperuzas rojas traídas por el viento del norte); la donante (la madre de Vianne, heroína de una historia previa que se inserta en ésta otra por medio de la memoria filial); el auxiliar u objeto mágico (pero, ¡cómo no! El chocolate, traído de tierras mayas a occidente, dulce liberador de endorfinas mitigadoras del dolor y liberadoras de placer); Un príncipe mugrosón, en vez de una princesa recatada, hecho en los mares (conquistado no con el batir del sable, sino con el batir del molinillo chocolatero) y un falso héroe (conde condenado y mojigato, que reprime a sus paisanos en cualquier época del año, no obstante, llegada la cuaresma se luce mucho más con sus artes de dominador). Les invito a ver la peli acompañados del chocolate que mejor describa su personalidad.

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