Datos personales

Mi foto
Ciudad de México, Mexico
roja como los sueños de los negros mirlos.

Algo me salió mal con Picasa y perdí todas las fotografías del blog. Ahora estoy recuperándolas, así que ténganme paciencia.

Xoxo

Entradas populares en los últimos 30 días

viernes, 18 de diciembre de 2009

Me cuelgo el morral para entregarles más cartas


Quiero recomendarles Epistolario, una producción sonora realizada por radio UNAM, en la cual se puede escuchar una adaptación libre de Cartas de la monja portuguesa en la voz de la actriz, escritora y locutora Margarita Castillo, a quien en casa se le aprecia mucho.

Además de las apasionadas líneas de Mariana, podemos disfrutar de las misivas de Franz Kafka a Felice; D.H. Lawrence a la Srita. Taylor; Jean Paul Sartre a Simone Jovilet; y de Tina Modotti al mundo, entre otras 11 más que nos avivan la capacidad de oír al otro.

Les presumo que la Castillo le regaló a mi madre este material junto con otros tres CD para que los compartiera con sus hijas y con todos aquellos que quieran; por mi parte yo les doy a conocer su existencia y un enlace para que puedan escuchar algo de lo que les platico e incluso, más:

http://mediacampus.cuaed.unam.mx/search.php?keyword=Margarita&type=audios



Ah, también les dejo este otro enlace, es un reportaje de la Jornada sobre la voz que refleja a una maravillosa mujer:
http://www.jornada.unam.mx/2009/11/02/index.php?section=cultura&article=a10n1cul

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Cartas 4 y 5


Cuarta carta
Es verdad que violento mi corazón cuando te escribo tratando de hacerte comprender mis sentimientos ¡Cuán feliz sería, si pudiese valorarlos por la vehemencia de los tuyos!
            Pero no puedo fiarme de ti, ni tampoco dejar de decirte, aunque con menos intensidad de la que siento, que no deberías mortificarme tanto, con ese olvido que me enloquece y que hasta es una vergüenza para ti.
[…]
No sería menos desdichada si me amases únicamente porque yo te amo. Preferiría que ese sentimiento naciera espontáneo de tu propio corazón ¡Cuán lejos estoy de esto, pues han pasado más de seis meses sin recibir una sola carta tuya!
[…] todos mis anhelos se frustraron y, ¡no volveré a verte en mi cuarto con todo aquel ardor, con toda aquella pasión impetuosa que me mostrabas!
            ¡Más hay de mí! ¡Cuánto me engaño! Ahora sé muy bien que todas las maravillas que embriagaban mi cabeza y mi corazón eran producidas sólo por algunos placeres que se acababan tan rápidamente como ellas.
            Habría sido necesario que en esos momentos de suprema felicidad hubiera acudido a mi razón, para moderar el nefasto exceso de mis delicias y para entrever todo lo que ahora sufro.
[…]
No envidio tu indiferencia, ¡me das lástima! Te desafío a que me olvides por completo. Me ufano de saber que sin mí no tienes más que amores imperfectos y que soy más feliz porque me ocupo más de este amor.
            Hace poco me nombraron portera de este convento. Todas las personas que me tratan creen que estoy loca. No sé que les respondo y es necesario que las religiosas sean tan insensatas como yo, para que me crean capaz de algún cargo.
[…]
No me arrepiento, sin embargo, de haberte adorado. Me encanta que me hayas seducido. Tu cruel ausencia, quizá eterna, en nada disminuye la intensidad de mi pasión. Quiero que todos lo sepan; no lo oculto y me gusta todo lo que hice por ti, contra todas las reglas del decoro. Mi orgullo y mi religión no han sido sino amarte perdidamente toda la vida, desde el momento en que empecé a amarte.

Quinta y última carta
Ésta es la última vez que le escribo y espero hacerle saber, por la diferencia de los términos y del trato de esta carta, que finalmente me convenció de que no me amaba y, por lo tanto, que debo dejar de amarle. Aprovecharé, pues, el primer emisario que haya para enviarle lo que me queda de usted. No tema, que no le escribiré […] Quiero que sepa que desde hace algunos días me siento capaz de destrozar y quemar todas las prendas de su amor, que me eran tan queridas […]
            Le confieso, para vergüenza mía y suya, que me hallé más apegada de lo que hubiera deseado a estas baratijas y que sentí que seríanme de nuevo necesarias todas mis reflexiones para deshacerme de cada una de ellas, cuando me hacía a la idea de no amarle más. Pero todo se logra, cuando hay tantas razones como las que tengo.
[…]
 El orgullo natural de mi sexo no me ayudó a tomar esta decisión contra usted ¡Ay de mí! He sufrido todos sus desprecios y habría soportado su odio y hasta los celos que me cause su amor por otra. Habría estado, al menos, enfrentada a un sentimiento vivo ¡Pero su indiferencia me es insoportable! Sus impertinentes reclamos de amistad y los ridículos cumplidos de su última carta me hicieron ver que el señor había recibido todas mis cartas y que no le causaron ninguna impresión.
            Detesto su franqueza […] Quiero que sepa que me convenció de que es indigno de todos mis sentimientos y que conozco todas sus ruines cualidades.
            Sin embargo, si todo lo que hice por amor a usted puede merecer que tenga alguna consideración con los favores que le pida, le ruego que no me escriba más y que me ayude a olvidarlo por completo. Si levemente me asegurase que ha sentido algún dolor al leer esta carta, tal vez le creería… Y también tal vez su confesión y su arrepentimiento me causarían ira, y todo esto podría atizar en mí de nuevo la llama del amor.
Por piedad, le pido que no se meta en mi vida; destruiría, sin duda, todos mis planes si de alguna manera quisiese entrometerse en ella. No quiero saber qué pasará con esta carta; no perturbe el estado para el cual me dispongo. Me parece que puede estar satisfecho de los males que ya me ha causado, fuese cual fuese su intención de hacerme desgraciada. No me prive de mi incertidumbre. Espero que con ella, al cabo de un tiempo, pueda lograr algo parecido a la paz del corazón. Le prometo que no le odiaré; desconfío mucho de todo sentimiento violento para atreverme a intentarlo.
Estoy segura de que hallaría en este país un amante más fiel…pero, ¿Quién podría hacer que me enamore y vuelva a amar otra vez? ¿La pasión de otro hombre podría embelesarme? ¿Qué poder tuvo la mía sobre usted? ¿No experimente ya que un corazón sensible no puede olvidar jamás lo que lo que lo hizo descubrir la pasión de que era capaz y que no conocía?¿Que todos sus afectos están arraigados profundamente en el ídolo que los creó? ¿Qué sus primeras impresiones y heridas no se pueden cicatrizar ni extinguirse? ¿Qué todas las nuevas pasiones que con todas sus fuerzas tratan de satisfacerlo y contentarlo le prometen vagamente una sensibilidad que no recuperará jamás? ¿Que todos los placeres que busca, sin ningún deseo de encontrarlos, no sirven sino para convencerlo de que nada le es tan querido como el recuerdo de sus penas?
¿Para qué me hizo conocer la imperfección y la amargura de una pasión que no debe durar eternamente y los infortunios que acompañan un amor tormentoso, cuando no es recíproco? ¡Y por qué razón una inclinación ciega y un cruel destino nos hacen de ordinario decidirnos por aquéllos que no nos aman y que prefieren a otros amores?
[…]
Trato ahora de perdonarlo y comprendo perfectamente que una religiosa es, en general, poco amable. Sin embargo, me parece que si los hombres fuesen más razonables al escoger sus amores, deberían enamorarse de una monja, antes que de otras mujeres. A ellas no les impide nada pensar constantemente en su pasión; no las distrae ninguna de las cosas de la vida seglar que absorben y consumen los corazones. Me parece que no será muy agradable ver a sus amadas distraídas por frivolidades y que es preciso tener muy poca sensibilidad de alma para soportar, sin rabia, que ellas sólo hablen de reuniones, de atavíos y de paseos. Ellas siempre están expuestas a asedios permanentes, y se comprometen a retribuir atenciones y complacencias y deben conversar con todo el mundo ¿Quién puede asegurar que en todas esas ocasiones no sienten algún placer y que no soportan siempre con disgusto y mala voluntad a sus maridos? ¡Ah! ¡Cuánto deben ellas desconfiar de un amante que no les pide cuentas rigurosas de todo, que cree fácilmente cuanto ellas le dicen y que con mucha tranquilidad las ve sujetas a todos esos compromisos sociales!
Pero no pretendo probarle con buenas razones que debería amarme: estos medios son pésimos y utilicé otros muchos mejores, que no sirvieron. Sé muy bien cuál es mi destino, para intentar superarlo […]
Si me hubiese dado pruebas de su pasión después de que partió de Portugal, habría hecho todos los esfuerzos para salir de aquí. Me habría disfrazado para irme con el señor ¡Ay! ¡Qué hubiera sido de mi si, después de haber llegado a Francia, no me hubiera determinado! ¡Qué escándalo! ¡Qué disparate! ¡Qué cúmulo de vergüenza para mi familia, a la que tanto amo ahora que no lo amo a usted!
[…]
Debo confesar que debería odiarlo mortalmente ¡Ay! Fui yo, bien lo sé, quien sobre mí atrajo todas estas desgracias. Me acostumbré desde un principio a una gran pasión con demasiada inocencia y es necesaria alguna argucia para hacerse amar. Es necesario buscar con ingenio los medios de inflamar el corazón: el amor por sí solo no enciende la llama.
El señor hizo mejor que yo: pretendía que yo lo amase y como se había trazado ese plan, estaba dispuesto a emplear todos los medios para conseguirlo. Inclusive amarme de veras, si hubiera sido necesario. Pero pronto se dio cuenta de que podía salir de su empresa sin pasión y que la pasión no era necesaria ¡Qué perfidia! ¿Creyó que podía engañarme impunemente? Le digo que si por algún acontecimiento fortuito volviera a este país, yo misma lo entregaría a la venganza de mi familia.
Viví mucho tiempo en un abandono y una idolatría que me horrorizan y mis remordimientos me persiguen con saña.
[…]
Quiero escribirle otra carta para demostrarle que estaré más tranquila dentro de un tiempo ¡Qué gusto me dará poder, entonces, enrostrarle su injusto proceder, cuando ello ya no me mortifique tanto, y demostrarle que lo desprecio; que hablo con profunda indiferencia de su traición; que olvidé todos mis placeres y todas mis penas y que sólo me acuerdo del señor…cuando así lo deseo. Acepto que tiene grandes ventajas sobre mí y que me inspiró una pasión que me enloqueció, pero no debe vanagloriarse por esto. Era joven, crédula, me tenían encerrada desde la infancia en este convento; aquí no había conocido sino gente adusta; jamás había recibido los elogios que me decía permanentemente; creí deberle todos los atractivos y la belleza que decía admirar en mí y que me hacía descubrir; oí hablar muy bien de usted; todos hablaban a su favor; usted, señor, hacía todo para despertar mi amor. Mas, en fin, salí de este encantamiento…; contribuyó usted a ello y confieso que lo necesitaba.
Al devolverle sus cartas, guardaré cuidadosamente las dos últimas y volveré a leerlas muchas más veces de lo que leí las primeras, como una medida de no recaer en mis flaquezas […] Soy una estúpida en repetirle las mismas cosas tantas veces: Es menester que lo deje y que no piense más en usted. Creo, así mismo, que no volveré a escribirle ¿A caso tengo la obligación de rendirle cuentas de mi vida?

Cartas 2 y 3


Segunda carta
Tu teniente acaba de decirme que una tormenta te hizo llegar a Algarve. Me aterra que hubieras que sufrir tanto en el mar; el temor me absorbió tanto, que deje de preocuparme por todas mis penas. ¿Crees, acaso, que tu teniente se interesa más que yo en todo lo que te sucede? ¿Por qué razón recibió él esta información antes que yo? En fin, por qué no me has escrito?
Bien desgraciada soy si no has tenido tiempo para hacerlo desde que te fuiste y, más aún, si habiéndolo tenido no me escribiste. Tu injusticia e ingratitud son extremas; pero me afligiría desesperadamente si ellas te ocasionaran algún infortunio. Prefiero que se queden sin castigo, a que se venguen por mí. Rechazo todo lo que me indica que no me amas y me siento dispuesta a abandonarme ciegamente a mi pasión, que aceptar las razones que me ofreces cuando me quejo de tu frialdad.
[…]
            Veo muy bien que te satisfaces con la menor de las disculpas y antes que te apresures a engañarme, te digo que el amor que tengo por ti te sirve con tanta fidelidad, que no puedo culparte, sino para gozar del inefable placer de perdonarte.
            Me venciste con la asidua perseverancia de tus galanteos, me inflamaste con tus arrebatos, me encantaste con tus detalles amables, me convenciste con tus juramentos, me sedujo mi propia inclinación apasionada […]
            Es verdad que amándote gocé las delicias jamás imaginadas, pero hoy me cuestan penas extraordinarias. Todas las emociones que me causas son siempre intensas […]
[…]
            Tu proceder es más propio de un tirano dedicado a perseguirme, que de un amante, quien sólo debería pensar en cautivarme.
[…]
[…] quisiste aprovechar cualquier pretexto para volver a Francia. Partía un navío. ¿Por qué no lo dejaste ir? Te había escrito tu familia. ¿No sabes de las persecuciones que sufrí en la mía? Tu honra te obligaba a dejarme. ¿Acaso resarcí la mía? Tenías que ir a servir a tu rey. Si todo lo que de él dicen es verdad, no tendría ninguna necesidad de tus servicios y habría podido prescindir de ellos.
[…]
[…] A pesar de todo, no me quejo del furor de mi corazón. Me acostumbro a sus tribulaciones y no podría vivir sin este placer tan especial, al que me aferro, de amarte entre mil dolores y penas.
            Pero lo que me mortifica sin cesar es el disgusto y el fastidio que tengo para todo… mi familia, mis amistades, este convento, todo se me ha hecho insoportable. Aborrezco todo lo que tengo que hacer y a lo que tengo que asistir por obligación. Tan celosa soy de mi pasión, que me parece que todas mis acciones, todas mis obligaciones te pertenecen.
[…]
            Todos perciben el cambio en mi genio, en mi manera de ser y en toda mi persona. La Madre Superiora me hablaba sobre esto, al principio con severidad, después, con algún cariño. No sé lo que le respondí. […] A todos conmueve mi loco amor y tú, sólo tú, permaneces en profunda indiferencia…, sin escribirme sino cartas frías, llenas de repeticiones, que no llegan ni hasta la mitad de la hoja de papel, lo cual me indica burdamente que te mueres de impaciencia por terminarlas.
            Dona Brites me buscó hace algunos días para sacarme de mi habitación y, creyendo que me divertiría, me llevó a pasear al balcón que mira hacia Mertola. Fui allí y luego me asaltó una cruel nostalgia, que me hizo llorar el resto del día. […] En aquel lugar te vi pasar muchas veces con una elegancia y gallardía que me encantaban. Estaba en ese balcón el día fatal en que comencé a sentir las primeras manifestaciones de esta desdichada pasión […]
            Conoces muy bien las consecuencias de esto que iniciamos y aunque no tengo nada de qué arrepentirme, no debo, sin embargo, recordártelas por temor de hacerte sentir más culpable y de censurarme por tantos afanes inútiles para obligarte a que me fueras fiel. ¡No, no lo serás! ¿Cómo puedo esperar de mis cartas y mis lamentos, lo que mi amor y total entrega a ti no pudieron hacer contra tu ingratitud?
            Estoy más que segura de mi desventura. Por tu inicuo proceder no me queda la menor duda de ella; debo sospechar de todo, pues ¡me abandonaste!


Tercera carta
¿Qué será de mí? ¿Qué quieres que haga? ¡Qué lejos estoy de lo que me había imaginado! Esperaba que me escribieses desde todos los lugares por donde pasases; ¡que tus cartas fueran muy largas!¡Que alimentarias mi pasión con la esperanza de volver a verte!
[…] Tu ausencia, algunos toques de piedad, el temor natural de arruinar por completo la poca salud que me queda después de agotadoras vigilias y de tantas preocupaciones, la poca esperanza de tu regreso, la frialdad de tu cariño y de tus últimos adioses, tu partida fundada en los pretextos más frívolos, mil otras razones más que, aunque buenas, demasiado inútiles, parecían prometerme un apoyo seguro para soportar esto, en caso de que fuera necesario. No tengo que luchar sino conmigo; mal hubiera podido desconfiar de todas mis debilidades, y prever todo lo que hoy sufro.
[…] Lloro, sólo por el amor que te tengo, las delicias infinitas que has perdido ¿Por qué fatalidad no quisiste disfrutarlas? ¡Ah! Si las conocieses, hallarías, sin duda, que son más deliciosas que la satisfacción de haberme engañado, y te habrías dado cuenta que somos más felices y más tiernos amando ardientemente… que siendo amados.
[…]
No sé ni quién soy, ni qué hago, ni qué deseo ¡Me destrozan miles de emociones encontradas!
[…]
 Vivo… ¡Qué desleal soy, pues hago tanto por conservar mi vida que por perderla!, Ay, muero de vergüenza...; ¿acaso mi desesperación existe sólo en mis cartas? Si te amase tanto, tanto como mil veces te lo he dicho, ¿no estaría muerta hace mucho tiempo? Te he engañado. Tú eres quien debe quejarse de mí […] Dime que deseas que muera de amor por ti. Te imploro que me ayudes, para poder vencer la flaqueza de mi sexo y poner fin a mis indecisiones, por un acto de verdadera desesperación…
Un final trágico te obligaría, sin duda, a pensar a menudo en mí. Apreciarías mi recuerdo y esta muerte extraordinaria te causaría una profunda conmoción.
[…]
Me resigno, sin murmurar, a mi malhadada fortuna, ya que tú no quisiste que fuera mejor. Adiós. Prométeme que me recordarás con ternura, si muero de dolor; y así podrá, al menos, la violencia de mi pasión, entristecerte y apartarte de todo.

"me gusta todo lo que hice por ti, contra todas las reglas del decoro"


Esta entrada es larga, por lo que la dosificaré en tres tomas. Va de nuevo con dedicatoria, ahora es para Iram de la Rochefoucault, en ella transcribo extractos de cinco portugaises (1), a modo de jam response a su disertación sobre el amor, esperando que las cuelgue en algún lugar de su Atellier.
Aunque trabajo como escriba en la OGDA (Oficina General de Desahucios Amorosos), no creas, apreciado lector, que no soy receptiva y propensa a enamorarme, aunque al final,  de propia mano, tenga que aplicarle a tal sentimiento la eutanasia. Por ello quiero que adviertas el efluvio del amor en las epístolas que podrás leer aquí, después podrás reflexionar; si nunca has sido capaz de abrir tu alma ante otro de la manera como Mariana de Alcoforado la abrió a Noel Bouton, entonces no vengas con el cuento de que alguna vez te has enamorado.
Déjame que te introduzca en su loca e inexcusable (el delirio pasional no tiene por qué excusarse) declaración de amor. Esta joven monja, quien a los 11 años fue recluida en el convento de la Concepción de Beja, perdió todo pudor al conocer a Noel Bouton, conde de Chamilly y capitán  del ejército francés que apoyaba al de Portugal en la Guerra de Restauración contra España (1660-1667). Según como comentan algunos filólogos, Chamilly era amigo del hermano de Mariana, Balthazar, por lo que pudo ser que debido a esto, haciéndose pasar como devoto de la bondad de la monja, se estableciera la relación entre ellos, debemos también recordar que durante los siglos XVI y XVII muchos donjuanes frecuentaban los locutorios de los conventos incitados por la boga del amor cortés (2). Cuando Mariana conoce a Chamilly, tenía 26 años y 10 de haber tomado los votos, sin embargo  "[…] encargarse de Peregrina María [su hermana menor, la cual ingreso al convento con tan sólo tres años de edad] […] tal vez la mantuvo alejada de los arrebatos místicos, tan comunes de la época, y la pudo haber acercado más a la vida seglar.(3)" a finales de 1667, Chamilly decide no volverla a ver; Mariana, entonces, le escribe cinco cartas, acto que será condenado por su familia. En 1723, después de más de cincuenta años de penitencia, muere la monja portuguesa a la edad de 83 años.
Primera carta
Piensa mi amor: ¡qué desconsiderado fuiste! ¡Ah infeliz! Me engañaste con falsas esperanzas. Una pasión en la que tenía tan deliciosas expectativas sólo puede darme hoy una mortal desesperación, apenas comparable de la crueldad de esta ausencia. Y este abandono, para el cual mi dolor, por más que se esmere, no halla nombre más funesto, ¿habrá de privarme por siempre de contemplar esos ojos en que veía tanto amor y que me hicieron conocer los embelesos que henchían mi pecho de alegría, que eran todo para mí y, en fin, colmaban mi vida?
            Los míos estarán privados de la única luz que los animaba. En ellos sólo quedan lágrimas; no hacen sino llorar, desde que supe que estabas decidido a separarte de mí, una separación que es tan insoportable, que muy pronto me matará.
Y con todo, me parece que me aferro a mis penas, de las cuales sólo tú eres la causa. Te consagré mi vida desde que en ti descansaron mis ojos y siento un placer místico en sacrificarla por ti.
[…]
[…] ¿Cómo es posible que los recuerdos de tan dulces momentos se hayan tornado tan amargos?          ¿Y que ahora, contra todos mis deseos, hayan de servir para lacerar mi corazón? ¡Pobre de él! Al leer tu última carta mi corazón ha quedado reducido a un estado miserable: eran tan fuertes sus palpitaciones que me parecía que hacía esfuerzos para separarse de mí y volar hacia ti. Tan abatida quede por esas violentas emociones, que por tres horas perdí el sentido.
[…]
Después de esta conmoción he padecido muchas y diversas enfermedades; pero, ¿cómo he de vivir sin penas, si no te he de volver a ver? Sé soportarlas sin queja, pues provienen de ti […] Estoy resuelta a adorarte toda mi vida y a no querer a nadie más. Y creo que harías muy bien, igualmente, en no amar a ninguna otra ¿A caso podrías contentarte con una pasión menos ardiente que la mía? Encontrarás tal vez más hermosura —aunque en otras ocasiones me dijiste que era bonita— mas nunca hallarás tanto amor…y todo o más es nada.
[…]
Te exijo que me digas, ¿para qué te dedicaste a cautivarme tanto sabiendo muy bien que debías abandonarme? ¡Ah! Dí, ¿por qué razón te encarnizas en hacerme desgraciada? […]
[…] Pero, perdóname mi amor. No te culpo de nada. No estoy en condiciones de vengarme de ti y sólo acuso a la crueldad de mi triste destino […]
            Si algún interés en mi vida tienes, escríbeme con frecuencia. Bien merezco que tengas la delicadeza de contarme cómo estás y como te sientes […] No puedo deshacerme de este papel que ha de ir a tus manos ¡Cuánto quisiera tener la misma dicha! ¡Qué locura la mía! Sé muy bien que esto no es posible. Adiós: no puedo más ¡Adiós! Ámame siempre. Y haz padecer aún más a tu pobre Mariana.
(1) A partir de las epístolas que leerás, toda aquella de carácter amoroso que se jacte de tener suficiente pasión se le suele denominar "portuguesa", algunas veces estas son producto de una mezcla de candor y neurosis femenina, otras simplemente siguen el estilo con propósitos meramente literarios, yo no he recibido ninguna, pero he escrito unas cuantas, queda a juicio de sus destinatarios el determinar cuál ha sido su intención.
(2) Cfr. Ignacio Vélez Pareja, El hábito de la pasión: Cartas de amor de sor Mariana, Altamir Ediciones, 1996, p.29
(3) Op.cit., p.33

vigilia por un acuerdo real

He recibido este mensaje de May Boeve representante de 350, y la verdad es que estoy muy agradecida de que me tengan bien informada sobre lo que está pasando en Copenhague. Por mi parte, también quiero compartir con ustedes lo sucedido el fin de semana al comenzar la Conferencia Marco de las Partes de Naciones Unidas sobre Cambio Climático.
Por iniciativa de 350 org., las campanas de la catedral de Copenhague sonaron 350 veces, simbolizando la cifra del umbral máximo de partes por millón de CO2 en la atmósfera, la cual se debe mantener o reducir en los próximos años para cumplir el objetivo de reducir la temperatura de nuestro planeta a 1,5 grados, además se llevó a cabo una vigilia en la que miles de velas fueron encendidas para iluminar el futuro, coincidiendo con el día de santa Lucía. 

 
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...