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domingo, 24 de enero de 2010

Afrontando

Silvia Teresa Flota Reyes, Madonnas y Parcas

La entrada anterior me costó un poco publicarla, aunque allí estaba el poema de la Plath que tanto me conmueve; tiene el silencio de la muerte y las luces de la vida, pero también las luces de la muerte y el silencio de la vida, es la vida enfrascada en la muerte y la muerte enfrascada en la vida.
De cualquier forma decidí que esta entrada era una cereza de mi cesta, se quedó días como borrador, hasta ayer que hice click, y luego otro click, y aquí está todo ese sabor de guinda, agridulce cosecha de 2009. Es un regalo póstumo para dos seres que quedarán siempre en mi memoria.
Hoy recuerdo que no conocí a Nick, aunque reconozca su rostro y sepa algo de él, a quién sí conocí fue a alguien que gustaba de las historias pantagruélicas y también disfrutaba del gato y el ratón y de años de perro, alguien con el que reí y bebí algún elixir para romper el tedio. Ahora a él y al Doctor Nicholas los une un acto; el suicidio.
Hace casi un año el diario Times escribió: Nicholas Hughes se suicidó en su domicilio de Alaska el 16 de marzo. No deja ni mujer ni hijos. Compartía su soledad con episodios periódicos de depresión y problemas psiquiátricos intermitentes. Esta noticia suscitó otras tantas en el mismo tenor. Más que lamentar una muerte, se reverbera una tragedia añeja; el suicidio de su madre, la escritora Sylvia Plath (quienes se han dado una vuelta por mi blog se darán cuenta que soy admiradora de su obra) y, nuevamente, se pone en tela de juicio el ejercicio de su libre albedrío, amén de insistir en señalar como detonante la infidelidad de Ted Hughes (poeta cuyo trabajo también merece mi respeto). La acción del hijo, entonces, es juzgada con esta vara. Pero ¿Quién puede saber lo que el "otro" tiene en mente? Los demonios que conquistan almas, para mí, no son promiscuos, permanecen hasta el fin practicando una monogamia voraz hasta aniquilar al depositario de sus ardores. Nadie puede conjeturar nada sobre un acto tan definitivo.
Casi cinco meses después de que el Doctor Hughes decidiera ahorcarse, el demonio de mi amigo F le ofreció también la soga. Por mi parte, en mis momentos de crisis, justo cuando el amante maldito me habla bajito al oído, siento tensar entre mis manos la cuerda, o me veo atándola de un cabo a la mejor rama de un mezquite y del otro, ciñendo el nudo giordano de mi vida a mi cuello. Si vislumbro tal imagen es porque no me parece una solución irracional. Fácilmente juzgamos el suicidio; algunos se apresuran a decir que sólo los locos lo hacen, por mi parte, considero que antes de esto hay una profunda reflexión, fluye en un cuerpo como alimento regurgitado, pues viene tras una idea que se ha pensado durante mucho tiempo, finalmente se necesita de gran determinación y es algo que uno decide sin el consejo de nadie; algo que nos sitúa ante una realidad atroz para nuestro ego: "no somos indispensables". Los que nos quedamos tras el suicida, lloramos únicamente por el terror de sabernos magistralmente amputados de los demás. Solos con nuestros grandes caprichos y nuestras cuotas insolutas de amor, nos urge sentir el escozor del muñón de nuestra existencia, sin embargo, siendo animales nómadas e indomables -aun arrimados a una grey o a una pareja- superamos el trance ostentado nuestro dominio, marcando el territorio con nuestro particular hedor y, con mirada de superioridad, acendramos la mentira que sostiene nuestra vida: "yo pertenezco".

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