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viernes, 26 de febrero de 2010

Carta de Henry Miller a Anaïs Nin


Terriblemente, terriblemente vivo, afligido, absolutamente consciente de que te necesito... He de verte, te veo brillante y maravillosa y al mismo tiempo le he escrito a June (1) y me siento desgarrado, pero tú lo entenderás, debes entenderlo. Anaïs, no te apartes de mí. me envuelves como una llama brillante. Anaïs, por Dios, si supieras lo que siento en este momento. Quiero conocerte mejor. Te quiero. Te quise cuando viniste a sentarte en mi cama -esa segunda tarde fue toda como una cálida neblina- y de nuevo oigo cómo pronuncias mi nombre, con ese extraño acento tuyo. Despiertas en mí tal mezcla de sentimientos que no sé cómo acercarme a ti. Ven a mí, aproxímate a mí, será de lo más hermoso, te lo prometo. No sabes cuánto me gusta tu franqueza, es casi humildad. Sería incapaz de oponerme a ella. Esta noche he pensado que debería estar casado con una mujer como tú. O es que el amor, al principio inspira siempre esos pensamientos?. No temo que quieras herirme. Veo que tú también posees fuerza, de distinto orden, más escurridiza. No, no te romperás. Dije muchas tonterías sobre tu fragilidad. Siempre he sentido un poco de vergüenza, pero la última vez menos. Acabará desapareciendo toda.
Tienes un sentido del humor delicioso; lo adoro. Quiero verte reír siempre. Te lo mereces. He pensado en sitios a donde deberíamos ir juntos, sitios oscuros, aquí y allí, en París, por el simple hecho de decir "aquí vine con Anaïs", "aquí comimos, bailamos o nos emborrachamos juntos". Ay!, verte borracha alguna vez, qué privilegio!, casi me da miedo de proponértelo; pero Anais, cuando pienso cómo te aprietas contra mí, cuán ansiosamente abres las piernas y qué húmeda estás, Dios, me vuelvo loco de pensar en cómo serías cuando todo se disuelve. Ayer pensé en ti, en cómo ciñes las piernas en torno a mí, de pie, en cómo se tambalea la habitación, en cómo caigo sobre ti en la oscuridad sin saber nada. Y me estremecí y gemí de placer. Pienso que si he de pasar todo el fin de semana sin verte, resultará intolerable. Si es preciso, iré a Versalles el domingo  -lo que sea, pero he de verte. No temas tratarme con frialdad. Me bastará con estar cerca de ti, con mirarte admirado. Te quiero, eso es todo.

(1)June Mansfiel Miller, segunda esposa de Henry Miller, excéntrica, de origen húngaro, bailarina de tango en un bar de homosexuales del Greenwich Village, bisexual, quien ya casada con Miller lleva a vivir  con ellos a una mujercita, Anastasia (como la bautizó Miller). Después de sufrir algunos desprecios por parte de June, Miller se va a París y allí conoce a Anaïs, más tarde June deja a Anastasia y le va a seguir los pasos a su esposo, al encontrarlo conoce a la Nin y deviene todo en un mènage à trois. 
La relación de Henry Miller con Anaïs Nin fue singular y duradera. Hasta el fin de sus vidas mantuvieron una verdadera correspondencia, incitada por la admiración mutua y la afinidad en tópicos medulares como la apreciación del arte y, sobre todo, el del erotismo desvelado, pleno y sin condiciones que, dadas las coincidencias de pareceres, entre ellos pudieron disfrutar,  esto mismo queda atestiguado en los Diarios que ella escribió. En otra de las cartas dirigidas a la Nin, Miller confiesa: [...]no puedo ser absolutamente leal, no está dentro de lo que soy capaz. Me gustan las mujeres, o la vida, demasiado… No sé cual de las dos cosas. Pero ríe, Anaïs. Me encantaría oírte reír. Eres la única mujer que tiene un sentido de la alegría, una sabia tolerancia [...]

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