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domingo, 28 de febrero de 2010

Cartas de Kafka a Felice y Milena

Cierro este ciclo epistolar con el que he tratado de ilustrar la complejidad de las relaciones amorosas con los extractos de dos cartas que el hijo vegetariano de un carnicero, hijo que rehusó ser cabeza de familia por no seguir el camino de su padre, escribiera a dos de las mujeres que aparecen en su vida: Felice Bauer y Milena Jersenská Pollak. A la primera la conoció en casa de la familia de su gran amigo Max Brod. Cuando la vio, según escribe en su diario, no le causó gran impresión y hasta creyó que era parte de la servidumbre ya que su rostro era huesudo, vacío, que lleva su vacío al descubierto. Cuello despejado. Blusa que le caía de cualquier manera. Parecía vestida muy de estar por casa, aunque, como después se demostró, no era así.. En realidad la mujer tenía un aspecto inquebrantable y eso lo sedujo a tal grado que ya no la pudo sacar de su mente. Una semana posterior a su encuentro le escribe estas líneas:



Señorita:
Ante el caso muy probable de que no pudiera usted acordarse de mí lo más mínimo,me presento de nuevo: me llamo Franz Kafka, y soy el que le saludó a usted por primera vez una tarde en casa del señor director Brod, en Praga, luego le estuvo pasando por encima de la mesa, una tras otra, fotografías de un viaje al país de Talía, y cuya mano, que en este momento está pulsando las teclas, acabó por coger la suya, con
la cual confirmó usted la promesa de estar dispuesta a acompañarle el próximo año en un viaje a Palestina.
Si sigue usted queriendo hacer este viaje —en aquella ocasión dijo no ser veleidosa y,en efecto, yo no advertí en usted que lo fuera ni un ápice— será no ya conveniente,sino absolutamente necesario que procedamos desde ahora mismo a procurar ponernos de acuerdo en lo concerniente a este viaje. Pues nos hará falta aprovechar al máximo nuestro tiempo de vacaciones disponible, siempre demasiado corto para un viaje a Palestina, y ello únicamente lo lograremos si nos hemos preparado lo mejor posible y nos hallamos acordes sobre todos los preparativos.
Sólo que he de confesar una cosa, pese a lo mal que de por sí suena, y lo mal que casa,por añadidura, con lo que va dicho, y es que soy poco puntual con mi correspondencia. La cosa sería aún peor de lo que es, si no tuviera la máquina de escribir; pues caso de que mis humores no propiciaran la redacción de una carta, al fin y al cabo siempre están ahí las puntas de los dedos para escribir. Como contrapartida,jamás espero que las cartas me lleguen puntuales; incluso cuando día tras día aguardo con ansia la llegada de una carta, nunca me llamo a engaño si no viene, y cuando al fin llega, con frecuencia me llevo un susto. Al colocar otro papel en la máquina reparo en que quizá me haya presentado como mucho más complicado de lo que soy. Si es que he cometido tal error, me estaría absolutamente bien empleado, pues ¿por qué
122 ponerme a escribir esta carta después de mi sexta hora de oficina y con una máquina con la que no estoy muy acostumbrado? Y sin embargo, sin embargo —el único inconveniente de escribir a máquina es que pierde uno el hilo de una manera— aun cuando cupiere poner reparos, quiero decir
reparos de orden práctico, en lo tocante a llevarme a lo largo de un viaje en calidad de acompañante, guía, lastre, tirano o lo que de mí pueda buenamente resultar, lo cierto es que contra mí como corresponsal —y de esto se trataría exclusivamente por el momento— nada decisivo podría objetarse de antemano, pudiendo muy bien, por tanto, intentarlo conmigo,
Suyo affmo. Dr. Franz Kafka

A partir de esa carta comenzaría una relación en la que dos veces Kafka la pidió en matrimonio sólo para luego retractarse. En el primero de sus rompimientos, a un año de haber conocido a Felice, le escribe una carta que nunca le envía, allí pretexta que:Lo que te aguarda no es la vida de esa feliz pareja a la que ves pasar por delante de tus ojos en Westerland, no es la animada charla a la que se entregan dos seres que marchan cogidos del brazo, es una vida claustral al lado de un hombre malhumorado, triste, taciturno, insatisfecho,enfermizo, el cual —cosa que te parecerá un desvarío— se halla encadenado por cadenas invisibles a una invisible literatura; un hombre que grita cuando alguien se le acerca porque, como él afirma, le toca las cadenas."A Milena la conoce en 1920, traductora y periodista, esposa del escritor austriaco Ernest Pollak, al que le permitió establecer un matrimonio abierto, y dejó que llevara a vivir con ellos a una amiguita llamada Mici.
Aunque en la relación de Kafka y Milena hubo desde un principio una mutua admiración, la personalidad abierta de ésta intimidaba a Franz. Era una mujer prohibida y el lo supo siempre, tener un amor imposible fue lo que buscó en ella.




Sábado por la noche (sine data)

Aún no he recibido la carta amarilla, te la devolveré sin abrir. Me lamentaría el resto de mi vida si la idea de no escribirnos más no fuera la más correcta. Mas no me equivoco, Milena.
No quiero seguir hablando de ti, no por que no sea asunto mío, sí lo es; pero sencillamente no quiero hablar de ello.
Así que hablemos de mí: lo que tú eres para mí, Milena, lo que eres para mí más allá de todo el mundo en que ambos vivimos, eso no lo encontrarás en los papeluchos diarios que te he escrito. Esas cartas, tales como son, solo sirven para atormentarse, y cuando no atormentan es peor todavía. No sirven de nada, salvo para crear un día, en Gmünd, malentendidos, humillaciones, humillaciones casi perpetuas. Quiero verte tan nítidamente como aquella primera vez en la calle, pero las cartas distorsionan tu imagen aún más que el bullicio de la calle L.
Pero todo esto no es importante comparado con mi impotencia, una impotencia que las cartas hacen crecer, la impotencia de llegar al fondo de estas; impotencia tanto en lo que se refiere a ti como en lo que se refiere a mí -mil cartas tuyas y mil deseos míos no podrían negarlo-, y lo decisivo es la voz irresistiblemente fuerte, por así decir tu voz (quizá a causa de mi misma impotencia, aunque aquí todos los motivos quedan poco definidos), que me pide que calle.
Y sin embargo todo lo que a ti se refiere queda en el aire, borroso, aunque aparezca en la mayoría de tus cartas (quizá también en la amarilla, o más bien: aparece en el telegrama en que me pides que te devuelva la carta, con todo derecho, claro), a menudo en esas fases que me inspiran miedo y que eludo como el diablo evita los lugares sagrados.
Es verdad, también yo quería telegrafiarte, pensé largamente en ello, en cama por la tarde, en el Belvedere por la noche; pero solo me preocupaba el texto: finalmente me pareció que implicaba una odiosa e injustificada desconfianza y al final no lo hice.
Aquí estoy, sentado frente a esta carta, sin nada más que hacer, a la una y media de la madrugada; mirando sus palabras y viéndote a través de ellas. A veces, no en sueños, se me aparece esta visión: tienes la cara cubierta por el pelo, consigo separarlo y apartarlo hacia ambos lados, aparece tu cara, mis dedos recorren tu frente y tus sienes y al fin he conseguido retener tu rostro entre mis manos.


Lunes (sine data)



Quise romper esta carta, no mandarla, no contestar a tu telegrama, los telegramas son tan fríos, pero ahora además tengo la tarjeta y la carta, esa tarjeta, esa carta. Pero aun ahora ante ellas, Milena, y aunque tuviera que morderme la lengua que está desesperada por hablar, cómo creer que necesitas esas cartas, cuando lo único que necesitas es descansar, como tú sueles decir. Y esas cartas solo son una tortura, nacen del tormento, incurable, y conducen al tormento, incurable también, ¿qué falta hacen -y cada vez menos- en un invierno como este? Callar es la única manera de vivir, en todas partes. Con tristeza, de acuerdo, pero ¿eso qué importa? Así el sueño es más infantil y más profundo. Pero el tormento es como un arado que surca el sueño -y el día-, se vuelve insoportable.

Además de estas dos mujeres, existieron otras en la vida de Kafka, la primera fue una jovencita de 18 años que conoció en un hospital de Riva, Italia, si bien ella fue una presencia fugaz, Kafka confiesa que fue una de las pocas mujeres con la que se pudo conectar íntimamente. Después está Grete, la "amiga" de Felice, quien de ser mediadora de los conflictos de la Bauer y su inseguro amante, paso a ser un caprichito de Kafka que quería sostener a toda costa, aun cuando tuviera en puerta el matrimonio, así le escribe diciéndole: Mi compromiso matrimonial no significa el más mínimo cambio en nuestra relación, que, al menos para mí, está llena de encantadoras posibilidades a las que no quiero renunciar. Según esto, de esa posibilidad encantadora nacería el que fuera el único hijo de Kafka, del cual el escritor nunca supo. Se dice que el pequeño muere a los siete años, sin embargo hay una duda razonable sobre su existencia. 
A pesar de todos estos embrollos, Kafka insiste en seguirse flagelando con la idea de contraer matrimonio, así se compromete de nuevo, esta vez con Julie Wohryzek, al igual que Felice, Julie no pisará el altar, ya que, a dos días de la boda, Kafka se echa para atrás, esta vez con el pretexto de que le habían cancelado el contrato de arrendamiento del piso en el que se suponía iba a vivir la pareja. Finalmente, este escurridizo hombre conocería a Dora Diamant, cuyo carácter templado le hizo vivir la mejor relación de su vida y dejar a un lado el tormento pasional surgido con su penúltimo amor, Milena, de quien llegó a expresar: ella es puro fuego, algo que jamás he visto, un fuego, por cierto, que a pesar de todo sólo arde para él (refiriéndose a Ernest Pollak),  desafortunadamente, no duro mucho, ya que la muerte ya le seguía los pasos.

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