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sábado, 26 de junio de 2010

¡Ah qué caray!

Así como están las cosas en esta vida, en la mía y en la de mis compañeros de viaje, cabría la locura de ponernos medievales e invocar a las potencias de Lucifogo Rofocale, primer ministro infernal encargado de entregar tesoros a cambio de un ánima; sin embargo, estoy segura que la mía ya no la aceptaría, pues ya desde hace mucho se la debe haber ganado sin que yo se la ofreciera; de algún modo, pienso, tergiversó mi palabra-deseo, sino ¿por qué ahora sufro el infierno burocrático? Pero en fin, en fin, no estaría demás intentarlo como quien todos los domingos se juega el dar su alma por ganar el melate, incluso a sabiendas de que si así sucediera sería presa de la política fiscal más enredada del mundo.
Personajes como el labriego Víctor Siderol o el francés Jacques Wattremetz aparecen en los grimorios para decirnos que el diablo sí existe y se llama tentación, ¿tentación de qué? ¿De darle un giro a nuestra vida de labriegos? Tal vez, ¡qué alguien labre por nosotros para que podamos disfrutar del ocio de pintar o escribir!
Pues bien, entrados en la tentación, desempolvemos los textos mágicos y descubramos como lograrlo, emprendiendo un acto más de desesperación, que de fe. El grimorio de San Cipriano dice que:
Sacrificando una gallina negra a medianoche en una encrucijada, se obliga al diablo a aparecer para hacer pacto con él. Es preciso recitar un conjuro, no volverse hacia atrás, hacer un agujero en el suelo, echar en él la sangre de la gallina y enterrar a ésta allí mismo. El mismo día o nueve días después, el diablo da dinero o regala al que ha invocado una gallina negra que pone huevos de oro.

Otros grimorios, por su parte, aconsejan conseguir una mandrágora —ojo, no confundir con la planta de Gig-Seng—, ya en tiempos remotos, los germanos hacían estatuas androides con las raíces de esta planta, pues se tenía la creencia de que poseer tales figurillas traería abundancia económica. Pero gozar de una raíz de éstas no era cosa fácil; innumerables leyendas cuentan que todo aquél que trataba de sacarla de la tierra, moría al instante, por lo que se dice que fue ideada la siguiente manera para conseguir el objetivo:
>Se debía cavar alrededor del la planta hasta que fuera posible visualizar la raíz, entonces, se le ataba una cuerda de cáñamo, cuyo cabo opuesto se enrollaba en el cuello de un perro negro, al cual hostigaban con un látigo para que, al tratar de huir de sus agresores, la bestia arrancara la raíz y, claro, recibiera el impacto de la maldición; muerto el perro, aunque no se acababa la rabia, el hombre que recogía la preciada radícula podría conseguir todo — y digo todo— lo que quisiera en el mundo y he de suponer que sus deseos eran tremendamente estúpidos, ya que no es sabido que su condición humana haya mejorado por el hecho de tener entre las manos la bifurcada raíz de la Solanácea. No obstante, si alguien cree que puede darle mejor uso a la magia de la mandrágora, pues lo incito a que trate de hallar una, cosa que tampoco es fácil, pues no suele crecer aquí y allá como lo hace la mala hierba.
Dicen que los brujos buscaban la mandrágora debajo de una horca de la que aún pendiera un cuerpo masculino; la creencia era que al estremecerse ante la falta de aire, derramaba su semen, el cual daría origen a la planta. 
Igual que en el caso anterior, el recurso del perro era elegido para hacerse de la raíz, pero con la variante de que a éste le propinaban un golpe mortal; sus convulsiones agónicas arrancaban la mandrágora la cual pegaba un grito desgarrador y en ese mismo momento el alma del animal y la del ahorcado penetraba en ella para volverse un espíritu demoníaco al servicio de los caprichos de su dueño. 
En el Pequeño Alberto se cuenta como un judío de Metz engendró, por decirlo así, in vitro, una mandrágora conforme a estos pasos:
He seguido, como dijo, lo que ha escrito el célebre Aviceno sobre este particular, que es necesario tener un huevo bien grande de gallina negra, hacer en él un pequeño agujero, sacar una porcioncita de clara, y después de haberlo rellenado con simiente humana, tapar el agujero pegando sutilmente a la cáscara un pedazo de pergamino muy fino y humedecido; se pone luego a empollar el primer día de la luna de marzo reinando una constelación dichosa de Mercurio o Júpiter.
¿Algún camarada querrá seguir la recetita si encuentra difícil hallar la mandrágora de forma natural? Como sea, antes de hacerse de ella por cualquier medio, recuerden que su verdadero dueño es el diablo y, como ya les dije, mas bien vale la pena repetir, el diablo se llama tentación y aparece haciéndole el amor a la desesperanza.

2 comentarios:

  1. Hola de nuevo, cereza, ten cuidado con la alquimia, también a José Arcadio lo maravilló Melquiades con sus lingotes que despertaban el anima de las cosas. Por ahí, hace algun tiempo, llegó a mis manos, por razones que no vienen al caso, un texto llamado "La rama dorada" de James Frazer, de esos textos que noquean, una gran investigación de uno de los más grandes antropologos de la historia.

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  2. HuasS!!wastedcherry!
    Pareces intensa!
    Tu lector potencial

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