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viernes, 19 de noviembre de 2010

El pez que se le escapó a Le Clezió


Es difícil dejar a un lado un libro cuyo título, El pez dorado, funciona como carnada para nuestra imaginación, más porque unos instantes después de tomarlo entre las manos leemos en la solapa que lo relatado es la historia de una pequeña marroquí que es raptada de su aldea y posteriormente comprada por una anciana protectora, quien no vive lo suficiente como para procurarle un mejor destino. En ese punto de la sinopsis, uno entiende que Laila es el pez dorado, nadadora lenta y torpe que en un ambiente rocoso, seguramente, saldrá herida. Pero, como lo que no mata, fortalece, estás líneas de presentación que, si bien hechas, no deben revelar lo sustancial al lector, crean la expectativa de que la chiquilla una vez en río abierto comenzará a hacerse de habilidades que le permitan llegar al entorno de donde fue extirpada, crecida como una carpa.
Dejando los paratextos y entrando de lleno en el texto, el íncipit promete mucho: Cuando tenía seis o siete años, me raptaron. La voz narrativa se deja escuchar en primera persona y es contundente en el sentido que nos propone una ficción que simula una autobiografía, esto, unido a lo ya captado en los lugares privilegiados de la periferia de la novela, que esboza ya cualquier número de peripecias, hace pensar que El pez dorado tiene todo para ser una obra del género de la picaresca. Y ustedes pueden pensar, ¿qué tendría que ver con el célebre Lazarillo de Tormes o el Periquillo sarniento?, pues mucho; alguien aparece en una condición desafortunada, va enfrentando incidentes y topándose con personas de diversos orígenes y en ese recorrido aprende a ser vividor y busca escalar socialmente, sin embargo, Jean-Marie Gustave Le Clezió me defrauda, construye unos cuantos guiños de picaresca que, de entrada, ya ha justificado en la primera ronda callejera de Laila:
Esperé durante mucho tiempo en la galería, observando el ir y venir de los vendedores por el patio. […]Me avergonzaba un poco de mí misma, porque Lalla Asma siempre me había dicho que no había nada peor que robar a otra persona, no tanto por lo que pudieras quitarle, sino por el engaño que suponía. […] Pero yo tenía mucha hambre y las hermosas lecciones de Lalla Asma ya quedaban muy lejos.
Pero, finalmente, no acierta a irse de lleno por ese camino y, para colmo, inyecta a su escritura fuertes dosis de sensiblería toda vez que pone a una vagabunda de cartón frente a incidentes en los que la vulnerabilidad de su sexo y una ingenuidad que se perpetúa no sé cómo terminan por crear situaciones dignas de un culebrón prime time. Me cuesta trabajo creer que alguien de quien se dice que inició su carrera experimentando con el noveau roman no pueda seguir muy de cerca los pasos de un escritor que apenas iniciada la segunda década del siglo XVIII nos regala un personaje femenino picaresco moderado en edulcorante, me refiero a Daniel Defoe con su Fortunas e infortunios de la famosa Moll Flanders. Yo esperaba ver a una granuja sorteando tempestad tras tempestad haciendo gala de ingenio, mas el autor no se da cuenta de lo que puede desarrollar, tiene nociones pero luego las traiciona a cambio de un maquillaje de exotismo y sensualidad que termina en una retahíla de clichés.
Hubiese sido interesante que Le Clezió experimentara tomando topois presentes en las formas narrativas tradicionales, pero integrándolos y transformándolos con el discurso de la literatura poscolonial, en vez de sólo sacar a la luz esa reflexión de una manera tan superficial y tan poco verosímil, como cuando nos presenta a Laila supuestamente absorbiendo la compleja obra de Franz Fanon (Damnés de la terre), mientras olvida tomar las riendas de su vida, cuando, precisamente, es la acción a lo que incita los escritos del citado pensador; esto es, la rebelión ante una violencia —producida por la dominación— que ninguna ternura —mucho menos la “sensualidad” à la mode— puede borrar.

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