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martes, 28 de diciembre de 2010

Tengo el miedo metido en el cuerpo y la sintaxis relajada en el fondo de la poesía


Terminé el mes de noviembre con la relectura de Aurelia de Gérard Nerval, obra en la que el autor recupera lo perdido adentrándose en el mundo onírico, un mundo que nos presenta terrores, pero que nos impele a quedarnos en él, pues es en su centro donde encontramos la piezas faltantes del mundo real, hallazgos terribles y afortunados a la vez. Saliendo de este delirio me enganche de nuevo con dos más: uno causado por mi laringitis y el otro, por supuesto, por la lectura del mes de diciembre. Vale la pena mencionar esto como preámbulo, ya que de allí deriva cómo me acerco a este medio para hablarles del libro de Juan José Millás.
Todavía resonaba en mi cabeza el escrito del autor romántico francés, cuando empecé a leer en los primeros días de diciembre El orden alfabético. Entre ambos textos existe un punto en común: el sueño febril como medio en el que se construye el discurso y, si no tomamos en cuenta que Nerval con su Aurelia, como lo hizo con su Silvia, trata de dar vida a una mujer inexistente de la misma manera que el protagonista de nuestra historia lo hace con la mixtura de Laura-Teresa, de ahí no hay más; el primero es un relato, el segundo una novela y aun cuando estos por igual se dividen en dos partes, el primero deja para nosotros entre sus segmentos un breve silencio para avivar nuestra inquietud, en tanto que el segundo nos abre un espacio que finalmente completaremos a partir de las omisiones captadas. La elipsis generada entre la historia del Julio de trece años y el Julio de treinta y seis nos lleva a tratar de recuperar su vida entre las actitudes reiteradas o, mejor dicho, maniacas de éste y, asimismo, entre todo aquello que de un indicio de cómo llegó a ser el tipo solitario al paso de veintitrés años; es decir, más de dos décadas serán rescritas por nuestras deducciones cuando sólo contamos con los datos que se nos dan en un primer momento que se halla distendido por las múltiples acciones que suceden en el sueño de un niño enfermo y un segundo que se halla condensado  al presentar una serie de guiños al lector, de tal forma que todo aquello que parecía excedido o iterativo en la estructura descriptiva del delirio, se torna aquí en meras huellas semióticas y semánticas. No obstante, estos tiempos mantienen una estrecha conexión, pues son tiempos psicológicos, es decir, todo sucede en la percepción íntima del individuo, permitiendo con ello sostener toda una ficción en una sola reflexión: aquella que concierne al lenguaje como herramienta pragmática, pero también, tomando ventaja de su carácter discreto, el cual desde el lado interno del calcetín deja ver sus costuras, como fórmula mágica capaz de crear mundos alternos.
Para Millás es un tema recurrente todo lo que refiere al lenguaje, así lo ha hecho patente en algunos de sus articuentos y así también en la sesión que sostuvo con un grupo de chavos en la FIL Guadalajara. Lo que pasa es que este tema es una obsesión para el valenciano, pero una obsesión bien llevada, yo disfruté mucho la manera como tanto en la realidad alucinada por el niño como en la alucinada realidad del hombre, este escritor hace de su narración un asunto metalingüístico y pone a pensar a todos de una manera tan vivaz asuntos tales como el de la arbitrariedad del signo lingüístico, mientras que dicha falta de conexión causal entre significado y significante académicamente nos la refinamos leyendo atentamente el Curso de Lingüística general de Ferdinand de Saussure, o también cómo el niño aprende más acerca de la gramática generativa a la Chomsky con el deshuese de las palabras compradas en el mercado negro que manejaba el tablajero que lo que había aprendido en la escuela.
Y hablando de arbitrariedades, yo los dejo con esta cita del articuento titulado “El mapa de la fiebre":
Tuve una tía que padecía "fiebres", lo que yo interpretaba algo así como que se iba de vacaciones con frecuencia. Lo malo es que eran tifoideas, término que a mí me sonaba a alcantarilla. Si hubiera habido fiebres saturnales, fiebres arboriformes o fiebres comparadas, me habría apuntado con gusto a cualquiera de ellas. Me tuve que conformar con las que producían las anginas, que no sé ahora si tienen nombre. Pero a ellas les debo todo lo que soy.
Yo también les debo lo que soy, una alucinada, a esas fiebres que me pegan cuanto caigo presa de alguno de mis tantos males, como este mes con la laringitis, por eso —y no sólo por la soledad o por la falta de adaptación en la escuela ni por el hogar en ruinas— sentí tanta afinidad con ese llamado Julio que tenía una hermana nonata que visitaba en el tomo en el que venía todo sobre abortos terapéuticos.

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