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sábado, 30 de enero de 2010

El suicidado por la sociedad. Texto de Antonin Artaud sobre Van Gogh


Vincent van Gogh, Campo de trigo con un vuelo de cuervos, óleo sobre tela, 50.5x100.5cm, julio de 1890.


Los cuervos pintados dos días antes de morir no le abrieron, más que a sus otras pinturas, la puerta de cierta gloria póstuma, pero a la pintura pintada, o más precisamente a la naturaleza no pintada, le abren la puerta de un más allá sensible, de una constante realidad posible, a través de la puerta abierta por Van Gogh hacia un misterioso y temerario más allá.
No es algo que suceda a menudo que un hombre, con la bala del fusil que lo mató en el vientre, pinte cuervos negros y una especie de llanura debajo de ellos, posiblemente lívida, vacía de todos modos, en la que en la tonalidad de borra de vino de la tierra se contrasta furiosamente con el amarillo sucio del trigo.
Pero, aparte de Van Gogh, ningún otro pintor hubiera podido encontrar, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "banquete fastuoso" y al mismo tiempo excremencial, de las alas de los cuervos asustados por los fulgores declinantes del crepúsculo.
¿Y la tierra, allí, de qué se queja, bajo las alas de los dichosos cuervos, dichosos sin duda sólo para Van Gogh, y ostentoso presagio, además, de un mal que ya no ha de incumbirle.
Ya que hasta entonces nadie como él había transformado la tierra en ese trapo mugriento empapado en sangre y retorcido hasta extraer vino.
En la tela hay un cielo muy bajo, aplanado, violáceo como los bordes del rayo.La inusitada franja tétrica del vacío se eleva en el relámpago.
A escasos centímetros de la parte alta y como viniendo de la parte baja de la tela, Van Gogh soltó los cuervos como si soltara microbios negros de su bazo de suicida, siguiendo la grieta negra del trazo donde el aletear de su suntuoso plumaje hace pesar la amenaza de una sofocación desde lo alto sobre los preparativos de la tormenta terrestre.
Y, sin embargo, toda la pintura es espléndida. Pintura espléndida, suntuosa, serena. Acompañamiento digno para aquel que, mientras vivió, hizo girar tantos soles embriagados sobre tantas parvas resistentes al exilio y que, con una bala en el vientre, no pudo dejar de ahogar con sangre y vino un paisaje, inundando la tierra con una última emulsión resplandeciente y tétrica a la vez, que tiene gusto de vinagre pasado y vino agrio.
Por eso la tonalidad de la última pintura de Van Gogh, quien nunca sobrepasó los límites de la pintura, evoca la entonación bárbara y abrupta del drama isabelino más tenebroso, apasionado y pasional.
Lo que más me asombra en Van Gogh, el pintor de todos los pintores, es que, sin escapar de lo que se llama y es pintura, sin dejar de lado el tubo, el pincel, el encuadre del motivo y de la tela, sin apelar a la anécdota, a la narración, al drama, a la acción con imágenes, a la belleza propia del tema y del objeto, logró infundir pasión a la naturaleza y a los objetos en tal grado que cualquier cuento fantástico de Edgar Poe, de Herman Melville, de Nathaniel Hawthorne, de Gerard Nerval, de Achim d' Arnim o de Hoffmann no aventajan en nada, dentro del terreno psicológico y dramático, a sus telas de dos centavos.


Antonin Artaud

jueves, 28 de enero de 2010

NICK Y EL CANDELABRO


(Descansa en paz, Nick)

Soy un minero. La luz arde azul.
Estalactitas de cera
Gotean y se hacen espesas, lágrimas

El vientre terrenal
Exuda desde su mortal aburrimiento.
Aires negros de murciélago

Envuélvenme chales astrosos,
Fríos homicidios.
Se sueldan a mí como ciruelas.

Vieja cueva de calcáreos
carámbanos, antigualla que reverbera ecos.
Aun los tritones son blancos,

Esos puritanos.
Y el pez, el pez
¡Cristo! Son placas de hielo,

Un vicio de cuchillos,
Una piraña
religión, bebiendo

Es la primera comunión fuera de la vida de los dedos de mi pie.
La vela
se ceba y recupera su pequeña altura,

Sus amarillos se animan.
Oh, amor, ¿cómo llegaste aquí?
Oh, embrión

Recordar, incluso en sueños,
tu posición cruzada.
La sangre brota limpia

En ti, rubí.
El dolor
Despiertas a lo que no es tuyo.

Amor, amor,
He lucido nuestra cueva con rosas.
Con alfombras suaves

Lo último de lo victoriano.
Deja que las estrellas
Caigan en picada hacia su oscura dirección,

Deja los mercúricos
átomos que paralizan el goteo
dentro del terrible pozo,

Tu eres el único
sólido el espacio, se apoya, envidiosos.
Eres el bebé en el establo.

Sylvia Plath

La traducción es mía, se puede consultar la versión original en: http://www.stanford.edu/class/engl187/docs/plathpoem.

domingo, 24 de enero de 2010

Afrontando

Silvia Teresa Flota Reyes, Madonnas y Parcas

La entrada anterior me costó un poco publicarla, aunque allí estaba el poema de la Plath que tanto me conmueve; tiene el silencio de la muerte y las luces de la vida, pero también las luces de la muerte y el silencio de la vida, es la vida enfrascada en la muerte y la muerte enfrascada en la vida.
De cualquier forma decidí que esta entrada era una cereza de mi cesta, se quedó días como borrador, hasta ayer que hice click, y luego otro click, y aquí está todo ese sabor de guinda, agridulce cosecha de 2009. Es un regalo póstumo para dos seres que quedarán siempre en mi memoria.
Hoy recuerdo que no conocí a Nick, aunque reconozca su rostro y sepa algo de él, a quién sí conocí fue a alguien que gustaba de las historias pantagruélicas y también disfrutaba del gato y el ratón y de años de perro, alguien con el que reí y bebí algún elixir para romper el tedio. Ahora a él y al Doctor Nicholas los une un acto; el suicidio.
Hace casi un año el diario Times escribió: Nicholas Hughes se suicidó en su domicilio de Alaska el 16 de marzo. No deja ni mujer ni hijos. Compartía su soledad con episodios periódicos de depresión y problemas psiquiátricos intermitentes. Esta noticia suscitó otras tantas en el mismo tenor. Más que lamentar una muerte, se reverbera una tragedia añeja; el suicidio de su madre, la escritora Sylvia Plath (quienes se han dado una vuelta por mi blog se darán cuenta que soy admiradora de su obra) y, nuevamente, se pone en tela de juicio el ejercicio de su libre albedrío, amén de insistir en señalar como detonante la infidelidad de Ted Hughes (poeta cuyo trabajo también merece mi respeto). La acción del hijo, entonces, es juzgada con esta vara. Pero ¿Quién puede saber lo que el "otro" tiene en mente? Los demonios que conquistan almas, para mí, no son promiscuos, permanecen hasta el fin practicando una monogamia voraz hasta aniquilar al depositario de sus ardores. Nadie puede conjeturar nada sobre un acto tan definitivo.
Casi cinco meses después de que el Doctor Hughes decidiera ahorcarse, el demonio de mi amigo F le ofreció también la soga. Por mi parte, en mis momentos de crisis, justo cuando el amante maldito me habla bajito al oído, siento tensar entre mis manos la cuerda, o me veo atándola de un cabo a la mejor rama de un mezquite y del otro, ciñendo el nudo giordano de mi vida a mi cuello. Si vislumbro tal imagen es porque no me parece una solución irracional. Fácilmente juzgamos el suicidio; algunos se apresuran a decir que sólo los locos lo hacen, por mi parte, considero que antes de esto hay una profunda reflexión, fluye en un cuerpo como alimento regurgitado, pues viene tras una idea que se ha pensado durante mucho tiempo, finalmente se necesita de gran determinación y es algo que uno decide sin el consejo de nadie; algo que nos sitúa ante una realidad atroz para nuestro ego: "no somos indispensables". Los que nos quedamos tras el suicida, lloramos únicamente por el terror de sabernos magistralmente amputados de los demás. Solos con nuestros grandes caprichos y nuestras cuotas insolutas de amor, nos urge sentir el escozor del muñón de nuestra existencia, sin embargo, siendo animales nómadas e indomables -aun arrimados a una grey o a una pareja- superamos el trance ostentado nuestro dominio, marcando el territorio con nuestro particular hedor y, con mirada de superioridad, acendramos la mentira que sostiene nuestra vida: "yo pertenezco".

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