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Algo me salió mal con Picasa y perdí todas las fotografías del blog. Ahora estoy recuperándolas, así que ténganme paciencia.

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martes, 1 de junio de 2010

Loca sacra


La metáfora del viaje iniciático
la dibuja el autoexiliado
Con una ramita sobre la tierra de sombra.
Alicaído y picocallado,
perpetra el trayecto largo;
expiatorio tránsito al más allá
que vislumbra loca sacra
en un alma nueva
amanecida distante
sobre la almohada de un sueño
que lo permuta por otro
igualmente excéntrico.
Y luego, ¿retornar a dónde?
¿Remontar qué intento?
El de dar un paso tras otro
sobre la imagen laberíntica
del pensamiento haciéndose.
Si no la paz, su eco se tiene en el no llegar;
llegar es otra cosa, es no encontrar,
perder la experiencia del camino,
la complicidad de la noche,
el ojo abierto al misterio.
No llegues tarde ni nunca,
no te duelas con la vacía sorpresa,
Allí no hay trofeos
ni la consagración de una verdad
el sitio sitia la contemplación
deseca el tallo de la armonía silvestre
encalla en reconstrucciones
de verdades a medias
y certezas ripiosas.
La metáfora del autoexiliado
La dibuja el viaje iniciático
con una ramita sobre un lago de luz.

Creative Commons License
Loca sacra by Silvia Teresa Flota Reyes is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-Compartir bajo la misma licencia 2.5 México License.
Based on a work at wastedcherryblogblof2.blogspot.com.

lunes, 31 de mayo de 2010

Derviches, trompos y armonía

Silvia Teresa Flota, Derviches, aguada.

Sin lugar a dudas, la armonía es una cuestión de equilibrio; el trompo, ese jueguito de niños, por ejemplo, es ultra armónico si logra desplegar el maravilloso espectáculo de dominar el contrapeso sobre su punta metálica estallando en visiones. La idea que conecta el trompo y la armonía me lleva a hablar de un ejecutor de un movimiento en éxtasis que captura la luz unificadora en alma. Esta mañana, mientras observaba las fotografías de Mine, le comenté que aquella que tomó de un trompo tenía la pinta de uno de esos bailadores de Brake, cuando giran de cabeza, ella me contestó que más bien se parecía a un personaje que llama poderosamente mi atención, el derviche Bektashi.
La palabra derviche es un adjetivo persa (درویش, darvish) que significa literalmente el que busca las puertas, en árabe se tiene como sinónimo faquir, en tanto que en occidente lo relacionamos con el término de mendigo. Esta palabra, específicamente, debe aplicarse a dos tipos de mendicantes acéticos: los que viven en las calles, conocidos como andantes, y los que viven recluidos, insertos en una orden Sufí, la de los Bektashi, realizando rituales sagrados y practicando una filosofía incomunicable a los profanos, la cual se basa en la creencia de la unidad de la existencia cuyo misterio (verdad profunda) no se alcanza a discernir. Relacionados con el adiestramiento estricto de los soldados Jenízaros en las escuelas de Acemi Oğlanı y del derviche Hacı Bektaş-ı Veli, observan una práctica ortodoxa. La obediencia pasiva y la humildad sin límites conforman una conducta que para estos anacoretas es una ley inquebrantable. Llamados también derviches giróvagos, danzantes o aulladores, practican el Sama, giro extático, que les permite abrir el ojo del corazón y anular el nafs a ammara, es decir, el Yo dominante o Ego, para así poder existir en la realidad del alma divina que encierra el entendimiento absoluto, universal. Tras un proceso ascético, quienes han renunciado a su estado animal y eludido el aspecto ilusorio del mundo pueden realizar el Sama en un escenario ritual llamado Semahami, comenzando por recitar el Corán en ritmo libre elegido por el guía del grupo, después de esto, despojándose de un manto negro y vistiendo jirgas (harapos) blancas o azules, se dirigen al centro con las manos apretadas a la altura de la cintura para disponerse a realizar los samas siguiendo al Semazenbashi designado (maestro de danza) y la música creada con la ney —flauta de caña usada en oriente medio desde hace más de 5,000 años—, una vez que empiezan a girar, la mano derecha apunta al cielo y la izquierda hacia la tierra, capturando, así, la energía circundante; de a poco se aumenta la velocidad de los giros hasta niveles vertiginosos, sin embargo, los giróvagos no pierden el equilibrio, cuando terminan, sus brazos se cruzan sobre el pecho y las manos tocan sus hombros.
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