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roja como los sueños de los negros mirlos.

Algo me salió mal con Picasa y perdí todas las fotografías del blog. Ahora estoy recuperándolas, así que ténganme paciencia.

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sábado, 6 de noviembre de 2010

Erijo un altar con las reminiscencias de los que ya se retiraron



Todo mexicano sabe que desde el penúltimo día de octubre los difuntos regresan a este mundo y que, para estar bien preparados, se debe realizar el ritual del Tlanamiquilistli (del rencuentro) de la siguiente manera: el día treinta vale poner un altar austero justo a la puerta de la casa, con una cruz, una sola vela amarilla, vasos de agua y quizá un guiso de patzcalli (frijol y ajonjolí) para facilitar el tránsito del ánima sola, aunque en algunos hogares más piadosos, en el espacio derecho de un altar, la solitaria almita compartirá la ofrenda con otras; la del purgatorio (junto a ella, en el centro) y la olvidadas (a su izquierda). La noche del 31, otro altar deberá ser preparado para que al medio día de la jornada siguiente los conetzitzih (muertos chiquitos, infantes) vengan a compartir dulces viandas con nosotros, a las seis de la tarde partirán, en ese momento se colocará en el altar la ropa de los muertos recientes y se tendrá que disponer de otros alimentos más condimentados, además de licores para los huehueyih (muertos grandes) que volverán a vernos el día 2, aunque tan sólo por unas horas, pues llegado el atardecer nos dejarán.


Debo decir que esta celebración es mi favorita, ya que paso a formar parte de una colectividad que ilusiona convivir un día con sus fieles difuntos. Si bien este encuentro es sólo un ensueño provocado por aromas y colores, la atmósfera creada abre una puerta en la que todos, sin parecer locos, hablamos y hacemos ciertas confidencias a nuestros fieles difuntos, y hasta les preguntamos lo que nos faltó preguntar en ese momento en el que cerraron sus ojos con un gesto definitivo.

Foto de mi buena amiga Tesa Medina

Así pues, complemento la entrada anterior, y además de las imágenes alusivas, ahora hago un recuento de los elementos esenciales que conforman cualquier altar que se precie de serlo. Estos son:

El copalli, un elemento fundamental en los ritos mesoamericanos; extraído del copalquahuitle (árbol que lleva goma), en el México prehispánico se usaba sahumar los altares con un tipo especial llamado cahuite, extraído del pino ayacahuitle, cuyo color era negro, disponiéndolo en un popochcaxtli (brasero). Los mexicas lo conseguían en el comercio con otros pueblos, triturado y envuelto en totomoxlte (hoja seca de maíz). El incienso, aun cuando en la actualidad se usa en estas ocasiones junto con el copal, originalmente no se usaba ya que es originario de oriente.


El pan de muerto, el cual tal vez tiene su origen en el culto funerario prehispánico. Como se creía que el difunto emprendería un largo camino hacia una morada final, se sabe que se le enterraba con un bollo que comería durante su tránsito. Elaborado con semillas de amaranto (de alegría) tostadas y molidas y mezcladas con sangre obtenida de los sacrificios, este pan también servía como ofrenda para Huehuetéotl, el dios anciano, divinidad solar. A la llegada de los españoles, los misioneros enseñaron a los indígenas a elaborar un pan de trigo en forma de corazón bañado de azúcar teñida de rojo que suplía la sangre. Sin embargo, los nativos preferían seguir preparando los panes de amaranto y de yotlaxcalli, pan de maíz seco y tostado, llamado de ázimo por los españoles (pan sin levadura) a la hora de realizar sus ofrendas. Los panecillos podían ser de muchas formas y se les conocía como xonicuilles, estos principalmente eran preparados para agasajar a la diosa Cihuapipiltin, relacionada con las mujeres que morían de parto, para asegurar que no transmitieran enfermedades a los bebés. A muchos otros dioses se les daba pan para halagarlos, a Huitzilopochtli, por ejemplo, se le preparaba el Tzoalli, panecillo de amaranto con miel de maguey o de avispa. Cuando los nativos mexicanos comenzaron a conmemorar sincréticamente a sus difuntos, los Papalotlaxcalli (panes de mariposa) y los Huitlatamallis (algo así como los “prototamales”) llenaron los platos en los altares. Todavía hoy, en Mixquic y en Xochimilco, son comunes las despeinadas, rosquitas de pan de centeno, azúcar y ajonjolí adornadas con pastitas en forma de cruces y mariposas, ya que una creencia muy arraigada en los pueblos indígenas es que las niños al morir se vuelven hermosas anélidas. Pero el pan más popular es el pan de muerto, de forma redonda como hojaldra, adornado con huesitos hechos con el mismo tipo de masa con la que se prepara el pan y espolvoreado con azúcar que, en algunos lados, se le pone colorante vegetal preferentemente rojo.


Los dulces de alfeñique, también de origen sincrético, se comenzaron a elaborar cuando las monjas introdujeron en su repostería los xonicuilles y los yotlaxcallis, pero en vez de usar como materia prima el amaranto, utilizaron el azúcar a punto de listón con la que elaboraban un dulce que en España era llamado alfeñique*, ya que su dúctil consistencia se prestaba para crear las más diversas formas creadas por la imaginación de la gente del pueblo, tales como animalitos, frutas, ángeles, ataúdes, cruces y, por supuesto, las famosas calaveritas que llevan en la frente el nombre de la persona a la que se le obsequia este dulce recordatorio de nuestro destino.


El papel picado, relacionado con figuras mágicas que se hacían para representar a Ehécatl, dios del viento. Aunque hasta nuestros días en regiones de Puebla y Oaxaca todavía se sigue elaborando de la manera tradicional, esto es, con papel de amate, es más frecuente encontrarlo hecho con papel de china. Si bien, puede ser usado para adornar cualquier festividad, su propósito prístino es atraer las almas por medio del viento. En el día de muertos los colores idóneos del papel son el negro, el morado y el naranja.


Las flores de cempasúchil son el símbolo de esta festividad, pues muchas tribus prehispánicas pensaban que su intenso tinte naranja era un trasunto del color de la tierra de los muertos. Sin lugar a dudas, son necesarios varios macizos de ellas para la celebración del Tlanamiquilistli.


*voz que deriva del árabe hispano fa[y]níd, y esta del ár. clás. fānīd, a la que se le antepone el artículo al, dicho vocablo a su vez proviene del persa pānid, y este del sánscrito phaṇita

domingo, 31 de octubre de 2010

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