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sábado, 29 de enero de 2011

El niño con los cabellos verdes

Esta entrada está dedicada a la princesa de Fújur y a su reino de verde esperanza

Tras estudiar técnicas teatrales con el célebre Erwin Piscator en Rusia, realizar una serie de cortometrajes educativos y colaborar con la propuesta teatral de Bertolt Brecht, en 1948, Joseph Losey dirige su primer largometraje para la RKO: The boy with the green hair, una propuesta alegórica sobre el tema de las sociedades intolerantes, anticipándose, así, a denunciar las aberraciones que causaría la cacería de brujas del Macartismo a partir de 1950, de la cual, por cierto, este director fue víctima; acusado de realizar acciones antiamericanas, tuvo que exiliarse en Inglaterra, en donde desarrolla una larga, aunque dispareja, filmografía —algunas de sus obras aparecen bajo seudónimo—, posteriormente recobra fama con la trilogía policiaca basada en obras de James Hadley Chase (Blind Date, The Criminal y Eve), finalmente, a partir de 1976 lleva a la pantalla cuatro trabajos realizados en Francia; Monsieur Klein, Les routes du Sud, Don Giovanni, La truite, y termina con Steaming, estrenada póstumamente en 1985.
Con su opera prima, basada en un relato de Betsy Beaton, Losey, además de expresar una postura pacifista, revela su inquietud fundamental: la soledad que impone una cultura que calma sus fobias a través de la homogeneización de sus componentes sobre aquellos que representan la diferencia. Interpretada por el entonces niño Dean Stockwell —quien, ya de adolescente, tiene destacada actuación como coprotagonista en la película Compulsion de Orson Wells— es una historia, que si bien, ingenua, cumple con el propósito de hacernos reflexionar. La trama trata la ordalía vivida por un pequeño vagabundo que es recogido por la policía. Al procurar saber más sobre ese extraño niño de cabeza rasurada, los guardias recurren a un psicólogo que logra conocer la historia del pequeñejo, quien hasta entonces se había mantenido en un completo mutismo. Erase una vez, en un pueblecito, un niño que vivía con su abuelo putativo, su vida transcurría dentro de lo normal, es decir, sin cuestionarse su pobreza y su orfandad, hasta que, un día, se presenta en su comunidad una exposición de fotografías que muestra los estragos de la Segunda Guerra Mundial. Después de ver todo esto, su mundo ya no es igual; teme un nuevo cataclismo y además se entera que sus padres fueron víctimas de las acciones bélicas que dejaron caer bombas, aquí y allá entre la población civil, por lo que una mañana despierta con el cabello verde, símbolo de que se ha transformado y tiene su propia visión del mundo. A partir de allí, será hostigado por todos, sus compañeros se burlan a tal grado de él, que, en su desesperación, huye a la foresta —otra vez habló de una historia en la que dentro del bosque se encuentran respuestas—, ahí vislumbrará a los espíritus de infantes muertos durante la guerra y se da cuenta de que si ahora es distinto, es porque tiene la misión de llamar la atención sobre la necesidad de un mundo pacífico, en el que las diferencias sean aceptadas y no sean causa de actos beligerantes. Sin embargo, cuando regresa al pueblo, no es escuchado y la gente, incluyendo el abuelo, se empeña en que se rape para que le salga cabello nuevo y de color “normal”; no habiendo ya alternativa, accede al deseo de todos, después decide marcharse, pues está seguro que el cabello le volverá a salir verde y que tendrá que seguir luchando para que su mensaje sea escuchado.

1 comentario:

  1. No conocía la película ni tampoco al director, una experiencia más que te debo y que ya abrió mi curiosidad para indagar.

    La diferencia siempre ha sido mal tolerada por las masas que se mueven por consignas, modas o prejuicios y que no tienen por costumbre reflexionar.

    Sé por experiencia que ir contra corriente provoca a veces la admiración de los que no se atreven, pero en la mayoría de los casos el rechazo y una cierta conmiseración.

    Y ya frivolizando, verde quiza no, pero me encantaría tener el pelo rojo sin tener que acudir al tinte.

    Un abrazo, Silvia.

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