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sábado, 26 de febrero de 2011

¿Cuántas Maudies no han recibido su cambio?


Creo que la lectura de este libro vino bien en febrero, mes dizque del amor y la amistad, y digo “dizque” porque parece que estos dos sentimientos, por lo general, sólo se cultivan si hay un beneficio de por medio. Con el libro de la Lessing, recordamos que las conexiones verdaderamente afectivas que podemos establecer están lejos de esperar algo más a cambio que no sea el sentimiento de solidaridad y empatía ante la suerte que corre el “otro”, ese ser ajeno, pero tan vinculado a nuestra existencia por el hecho de compartir algo de su intimidad.
Por otra parte, me parece interesante penetrar al mundo de esta autora, quien ha escrito más de 40 libros, por la puerta que nos ofrece una de sus dos novelas —la otra es Si la vejez pudiera— en la que, para publicarla, prefiere desdoblarse y crear el heterónimo de Jane Somers, como si en realidad existiera la redactora de la revista para mujeres que conocemos en sus páginas y el texto revelara un pasaje autobiográfico. Obviamente, por no firmar con su nombre, Diario de una buena vecina no se vendió mucho e, incluso, produjo el rechazo de su editor habitual, fue hasta después de ganar el Nobel que en con la redición aparece el nombre de Doris Lessing.
Aunque la narrativa del Diario no es fluida, quizá con la intención de crear la sensación de que está escrito por alguien que no tiene el hábito de escribir memorias y que, además, cuenta con poco tiempo para hacerlo o, tal vez, porque en la traducción se pierde algo, encuentro de gran valor que exponga dos temas que son tabúes: la vejez y la muerte.
En una ocasión, llegué a ver cómo el rostro de un joven que visitaba a fuerzas un asilo se llenaba de pavor de sólo tener que mirar de cerca la senectud; la verdad, ante su reacción no supe si reír o llorar, no hay que olvidar nunca eso de que como te ves me vi y como me ves te verás. En ciertos momentos de la novela se llega a tocar fondo en lo que respecta a la dignidad humana que al pasar de los años va siendo robada y tengo que decir que ciertas descripciones escatológicas son la pesadilla de cualquiera, sin embargo están muy bien logradas y tocan nuestra conciencia; bien sé que muchos libros tratan el asunto de la vejez, pero no recuerdo alguno que tan gráficamente refiera ese abandono que la rodea. Por otro lado hay momentos en que el esfuerzo de los personajes por entablar una relación crea momentos sublimes. También, la muerte se explora por una hebra que casi no se jala. ¿Por qué no quiere morir Maudie, la desdichada nonagenaria? Al final queda claro, la vida le sigue debiendo algo. Janna también descubre el motivo por el cual su amiga se aferra a la vida, pero el descubrimiento de ello y la experiencia aprehendida a través de los gestos de los ancianos con los que se liga emocionalmente, rompiendo la distancia que establece una buena vecina, trastocan totalmente su posición en el mundo; así, deja su espacio de confort, su actitud de niña, su necesidad de aparentar, su vacuidad y se convierte en una persona más capaz y más entera que cualquiera de sus colegas, por cierto, también es interesante la crítica franca que hace en torno a un feminismo chapucero.
En esta oportunidad, me quedo con una idea que Janna expresa: Naturalmente, hay una barrera absoluta, un muro, entre mi mente y el conocimiento de que voy a morir. Eso es, sé que voy a morir, pero no como un hecho sensible y de intensa violencia.
Como último comentario, ciertamente Lessing no termina por conseguir la androginia mental que Coleridge preconizaba , su escritura , al menos en este ejemplo, sigue mostrando a una pluma femenina.

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