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lunes, 28 de marzo de 2011

Yo también sé que la memoria es un surtidero de cosas para intercambiar o modelar


En lo particular, Juan Marsé me tiene enganchada desde hace buen tiempo por tres razones claras:
  • Porque no pretende dar respuestas en el desarrollo de sus historias, lo que busca es confirmar la existencia de sus personajes dentro de una trama que ellos mismos tiene que tejer, ciertamente no son carácteres que están envueltos en una serie de sucesos que los mueve hacia delante, al contrario, son seres que configuran un pasado para procurarse una presencia sin futuro.
  • Debido a la verosimilitud que crea con los diferentes registros lingüísticos nacidos en el choque de clases entre los barceloneses de raigambre y los emigrantes del sur de España que confluyen en sus diálogos y que dan más resonancia a su polifonía, sobre todo en aquella que se sostiene en la ironía verbal y que a partir de ella se logra identificar brechas insalvables que presumen un fracaso del acto comunicativo.
  • Por la manera como resuelve formalmente las estrategias metaficcionales, aprovechando la habilidad del lenguaje humano, a partir de la retrospección y la prevaricación, manteniendo fuertes dosis de fantasía.
En la obra marseana que he podido disfrutar, la memoria personal y la colectiva se confunden en una sola, haciendo que el lector se apodere de hechos transformados desde perspectivas particulares; mentiras verdaderas, las cuales en Si te dicen que caí, la obra más acabada del corpus, según mi juicio, se llaman “aventis”. Lo más deleitable de los personajes del escritor autodidacta del barrio barcelonés de García es que son presentados siendo lo que subjetivamente suponen que son o bien como quisieran ser vistos, todos se empeñan en personificar a alguien: son socialistas, indulgentes, íntegros, contritos, extremistas, víctimas, victimarios, bilingües, charnegos, etcétera, pero también son individuos capaces de escuchar las voces de los ausentes.
En la mayoría de sus trabajos, por la necesidad de poner a sus personajes a fabular, Marsé se obsesiona por el ritmo del relato, es decir, se llega a preocupar más en cómo contar una historia más que en la historia misma y el caso de La oscura historia de la prima Montse (1970) no es la excepción. Paco Bodegas equiparándose, por un sentimiento de inferioridad insondable, al joven preso de la cárcel modelo, extensión del pijoaparte (Manuel Reyes) de las Últimas tardes con Teresa, aun cuando está emparentado con la “distinguida” familia de los Claramut revive una historia con el tono de un outsider, pero teniendo la ventaja de dominar las normas discursivas de dos sociedades distintas. Para no jugar a eso de estar con dios y el diablo, opta por afianzar su perspectiva del mundo desde la que ofrece el monte Carmelo al golfo barriobajeño, estereotipo que, como ya he dicho, se imputa y fortalece con la figura de su padre, un andaluz, y el recuerdo de la vida disipada de su madre. Así, con ese punto de vista, reconstruye el periodo en que su prima Montse se encamina al suicidio. Desde un principio sabemos que la chica tuvo un trágico fin, el interés de la historia, entonces, residirá en exponer su oscuridad. El autor de la novela utiliza la anacronía, mediante la analepsis, es decir el salto en el tiempo hacia el pasado, para hacernos escuchar voces que el transcurso de los años no ha callado, es hora de un exorcismo, de dejar escuchar todos los ecos para inventar una coherencia. Bodegas, como médium, hace hablar a cada uno de los implicados en los acontecimientos de esa triste época, algunas veces, hace parecer que la historia es relatada por un narrador omnisciente, pero ése no es sino él, un metanarrador que, aunque no sabe toda la historia, posee una conciencia de los acontecimientos otorgada por la información proveniente de diferentes agentes que le permite construir un discurso narrativo; lo que hace es llenar los huecos con mucha imaginación e ironía. La novela no me decepcionó, aunque no es tan perfecta en eso de contar historias desahuciadas como lo son Si te dicen que caí (1973) en la que se les da acústica a las historias que el Java hablaba de oídas y Rabos de lagartija (2000) en la que David Bartra, tal vez por sufrir el mismo problema acúfeno que aqueja a su creador, oye voces en el barranco.

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