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jueves, 14 de abril de 2011

A 35 años de la muerte de José Revueltas

Nada más fatal para el escritor que el éxito inmediato, fruto, desde luego, de circunstancias exteriores a su obra. La obra de arte deberá ser siempre fruto de la inconformidad: y la inconformidad (contra todo y contra todos, como lo quería Unamuno) implica siempre la más intransigente, la más violenta y temeraria lucha contra el éxito propio.

J.R.

Ángel Olmos, “En México hacen falta críticos que ayuden al desarrollo de la novela”  en Conversaciones con José Revueltas,  Andrea Revueltas y Philippe Cheron (Comp.) México, Era, pp. 35
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Hoy, se cumplen 35 años de la muerte del autor de El Luto humano y El apando. Considero que no hay mejor homenaje en su memoria que darles una probadita de su escritura a los blogueros del mundo, para que se interesen en su obra.
Revueltas, retratado por Rogelio Cuéllar

La población estaba cerrada con odio y con piedras. Cerrada completamente como si sobre sus puertas y ventanas se hubieran colocado lápidas enormes, sin dimensión de tan profundas, de tan gruesas de tan Dios. Jamás un empecinamiento semejante , hecho de entidades incomprensibles, inabarcables, que venían …, ¿de dónde? De la Biblia, del Génesis, de las tinieblas, antes de la luz. Las rocas se mueven, las inmensas piedras del mundo cambian de sitio, avanzan un milímetro por  siglo. Pero esto no se alteraba, este odio venía de lo más lejano y lo más bárbaro. Era el odio de Dios. Dios mismo estaba ahí apretando en su puño la vida, agarrando la tierra entre sus dedos gruesos, entre sus descomunales dedos, de encina y de rabia. Hasta un descreído no puede dejar de pensar en Dios. Porque, ¿quién sino Él? ¿Quién sino una cosa sin forma, sin principio ni fin, sin medida, puede cerrar las puertas de tal manera? Todas las puertas cerradas en nombre de Dios. Toda la locura y la terquedad del mundo en nombre de Dios. Dios de los ejércitos; Dios de los dientes apretados; dios fuerte y terrible, hostil y sordo, de piedra ardiendo, de sangre helada. Y eso era ahí y en todo lugar porque Él, según una vieja y enloquecedora maldición, está en todo lugar: en el silencio siniestro de la calle; en el colérico trabajo; en la sorprendida alcoba matrimonial; en los odios nupciales y en las iglesias, subiendo en anatemas por encima del pavor y la consternación. Dios se había acumulado en las entrañas de los hombres como sólo puede acumularse la sangre, y salía en gritos, en despaciosa, cuidadosa y ordenada crueldad. En el norte y en el sur, inventando puntos cardinales para estar ahí, para impedir algo ahí, para negar alguna cosa con todas las fuerzas que al hombre le llegan desde los más oscuros siglos, desde la ceguedad más ciega de su historia.
José Revueltas, "Dios en la Tierra" en Dios en la tierra, México, Era, pp.11-12

1 comentario:

  1. Gracias; Silvia, por este bocadito sabroso de José Revueltas, a quien no conocía y a quien ya quiero conocer después de este aperitivo.

    Un texto soberbio, lleno de fuerza, con frases enteras para guardar. Ese Dios que se acumula en las entrañas de los hombres, que se inventa puntos cardinales para no dejar de ser omnipresente...Hostil y sordo...

    Voy a ver si me hago con este libro de alguna manera.

    Un abrazo,

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