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sábado, 30 de abril de 2011

No es ni de cerca una Ella o una Nina, pero tiene ritmo


Si bien la edición de la obra de Toni Morrison, como en una gran número de casos, se da tardíamente en nuestro país —hasta 1994, después de haber recibido el premio Nobel—, hace mucho que debí haber leído algo de ella, pero siempre se me atravesaba un libro que otro, además de unas cuantas críticas desfavorecedoras que me hacia alejarme de su narrativa, esto último, debo admitir, no tiene perdón, por eso no dudé en poner
Al leer este libro, pude percatarme de que, afortunadamente, no es cierto algo que se le imputa, eso de que le es tan importante su discurso que deja a un lado el aspecto formal, demeritando su calidad hasta tal grado de ser meramente un choro panfletario, aunque creo que ella misma ha contribuido, a través de sus entrevistas, a dar esa impresión y por eso creo que para cuando se dio la reedición y traducción de Ojos azules — casi 30 años después de que comenzara a escribirla—, le fue imperioso poner ese texto final sobre la cocina de su obra, algo que a mí, la verdad, me sacó de onda, tanto es así, que me escuché hablando sola, como diciéndole algo a ella —quien nunca me podrá escuchar, ja—, algo así como “no te mortifiques Tony, no te justifiques, no nos tienes que decir lo que hiciste para hacer que la historia de Pecola nos sea entrañable y nos cause empatía o nos haga discutir sus bajos fondos, o bien, gozar de los detalles ingeniosos tal como lo suele suceder cuando se lee buena literatura".
Yo soy de aquellos lectores que me gusta disfrutar de los escritores que siempre apuestan por estructurar sólidamente el esqueleto formal, creo que aun la mejor historia se puede venir abajo sino se tiene bien afianzado ese punto; al contrario, creo que una historia puede que no sea tan sólida o impactante, pero, gracias a su estructura narrativa, puede llegar a ser interesante lo que se dice, es algo así como el efecto del chiste, no es de lo que se trate sino cómo se trate lo que nos puede arrancar una sonrisa. Ahora bien, no quiero decir que desprecie a los escritores que se traen ya un discurso, creo que eso de tener un tema que es imperioso decir está hirviendo en la sangre del escritor, pero hay que procurar que ese tema no se torne un asunto meramente sociológico o político o psicológico, los que leemos literatura, queremos literatura, queremos ser cómplices de los artificios de unas palabras envolventes, hipnotizantes. Y, bueno, Tony, te quiero decir, aunque no me oigas, que me enganchaste en la lectura desde el inicio por tu excelente elección de tirar de la trama con la voz de otra niña, Claudia, alterego de Pecola --que yo tengo la idea que no es su prima, aunque todos digan que es su prima, ¿dónde dice eso? yo leí mi amiga Pecola--, quien no le gusta nada Shirley Temple al igual que las muñecas rubias que le regalan en navidad que nada tienen que ver con ella y que le causan tanta grima que termina desmembrándolas y sacándoles sus ojos de canica azul. Al narrar a través de una niña así, chiquilla que está lejos de ser buena o mala, la historia adquiere un matiz importante, además, se cuenta todo en retrospectiva y se deja la posibilidad de que el lector lea entre las líneas de la memoria de Claudia, quien evoca un tiempo por medio del trance inducido por la cantaleta infantil que se reconstruye al principio de cada capítulo. Otro gran acierto es la estructura cuaternaria que ha elegido la autora —aunque no es la tradicional que comienza en primavera o termina en invierno o viceversa, invierno-primavera—, pues esto permite tener desde un principio la idea de que algo va a sufrir una transformación, en este caso es una transformación imposible que sólo ocurre en la mente de una niña que ha sido dañada por los prejuicios de la sociedad terminando por sufrir algo así como el síndrome de Michael Jackson, nada más que no era cuestión de piel sino de ojos. El título y su doble sentido también nos da mucho, ya que los ojos más azules son lo que cree tener finalmente Pecola (The bluest eyes) y los ojos más tristes son los que Claudia y Frida, así como, sin duda, todos los demás descubren en la cara de la chiquilla enloquecida.
Los desaciertos que hallo en la novela consisten en que hay ciertos personajes confusos y mal situados que terminan como estereotipo, como la mujer negra que se ha educado como blanca y su hijo y la de Elihué, que, aunque tiene un papel importante para el efecto de transformación de Pecola, pues como que su figura queda resbalando en la pista ¿no?, el otro punto, la justificación de la Morrison, no cabe aquí porque es asunto meramente paratextual.

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