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jueves, 30 de junio de 2011

La Muerte, como la donna, è mobile


Esta vez, entre las intermitencias y caprichos de mi vida, expongo los caprichos e intermitencias de la muerte que concibe José Saramago. Pero ya entrando en materia y dejando a un lado una cartita morada que me ha llegado reiteradamente en últimas fechas hasta por correo electrónico, me propongo dilucidar sobre el aporte que he recibido a través de ésta última lectura del sembradío.
La situación que plantea nuestro autor del mes trae una serie de implicaciones de todo tipo; filosóficas, morales, religiosas, políticas, económicas, lingüísticas, representacionales... uf, qué más podría saltar a la vista en un largo listado de insospechados contratiempos causados por el hecho contranatural de que la muerte se olvide de venir a nuestras vidas.
Se imaginan que al día siguiente nadie muera? Ni aun un país imaginado podría sustentar por mucho tiempo el caos que provocaría la sobrepoblación: ¿qué pasaría si un gentío demandara pensiones para una vejez que no caduca o asistencia médica de por vida para soportar la enfermedad, la cual, si bien la muerte llegase a claudicar, ella —padecimiento, mal, dolencia, dolor, achaque—  seguiría en pie de guerra?… Y la iglesia, ¿con qué asustaría a los fieles y con qué los premiaría?... y el gobierno, ¿cómo acabaría con la pobreza sin la ayuda de un ángel exterminador?; la noción de la vida eterna se devaluaría de facto. Todo esto se me vino a la mente, como un enjambre de avispas, un nubarrón negro que todo lo cubre, tras leer tan sólo los epígrafes y el íncipit de la novela Las intermitencias de la muerte, por eso creí que me encontraría con una obra densa a la manera del Ensayo sobre la ceguera, en la cual se nos plantea otro “qué pasaría…”, sin embargo, en esta ocasión, Saramago opta por paladear lo terrible de la suposición, así, se inclina por presentar las situaciones más desesperantes y desesperanzadoras con un humor muy de vinho do porto (cómo más lo podría describir ) que envejece bien sin tragos muy amargos gracias su gustillo afrutado.
A diferencia de los malos que se aprovechan del indefenso en el Ensayo sobre la ceguera, en Las intermitencias los malos gobernantes, los malos soldados, los malos pensadores, los malos creyentes, los malos comunicadores, los malos ciudadanos, los malos empresarios, los malos malos, o sea, los mafiosos, en fin todos nosotros, aparecemos caricaturizados, dibujados con una sorna que atenúa el drama de la situación pero no la reflexión en torno a los temas que engloban nuestra humanidad.
Me agradó que este nuevo “qué pasaría” sea desarrollado con un tono muy distinto al de su primer supuesto, el cual me dejó una gran huella y, por eso mismo, me satisface que en Las intermitencias cambie la manera de abordar un tema tan similar, creo que de esta manera, cada libro nos produce una experiencia especial. Igualmente me pareció genial que se diera el lujo de cambiar el enfoque del problema inicial; es decir, que ese asunto del interés de todos termine siendo un asunto sentimental entre la muerte y un sujeto solitario y que finalmente, tanto por la profesión de la seductora dama como por la del seducido hombre de mediana edad, se dé el caso que en la mente y en el corazón sólo quede la vibración de las cuerdas de un violonchelo traduciendo las notas de la suite número seis de Bach.
Si me gustó, teniendo de referente al ensayo, sin embargo para mí, mi libro de Saramago es el Año de la muerte de Ricardo Reis, un libro de y para la soledad.

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