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viernes, 29 de julio de 2011

Las descripciones abusivas nunca llegan a ensimismarnos en una contemplación sino sólo en el arrullo


La mirada inmovilizada en el ojo del buey, cuya cortina semientornada guarda el secreto de unos ojos divinos, divinos conectados al cerebro de una mujer burguesa, no descubre nada en el agua apenas rizada en su azul quietud de agua mansa amansada por la amoratada morosidad de la metáfora gastada.

Me parece increíble que una novela en la que la narración se atora aquí y allá, sobre todo en la primera parte, y su discurso se vacía con ideas de culebrones televisivos, pueda ser galardonada. De todos los libros que hemos leído hasta este momento en el primer ciclo del circulo virtual, Azul, sin duda, es el único que poco he disfrutado leer, pue al menos Le Clezió me creo expectativas. Excepto por el capítulo V, en el que a Martín, después de transitar por un camino miserable y haber sufrido las dentelladas de un perro furioso, le cae el veinte de que su relación agoniza como el can al que terminó por lapidar y de la historia contada por Pepone sobre la cueva azul, metanarración, dicho sea de paso, que la autora dejó como circunstancial sin darle un anclaje en el desarrollo de la historia, no encuentro más elementos que hayan atrapado mi atención, más allá de estos “highlights” la historia se ve entorpecida por esa inmoderada adjetivación que no logra materializar el objeto que describe, no me dormí ante tanta palabra de adorno porque tengo un serio trastorno del sueño.

Pero, bien, creo que el hecho de que señale una o dos cosa que me parecen buenas, sólo indica que mi relación con esta lectura fue conflictiva, pues ¿por qué la estoy descuartizando en vez de unir sus partes a su todo?

Por último, lo que concierne a la función paratextual, creo que las palabras de Conrad y Pavese que constituyen los epígrafes de esta obra parecen los invitados a una reunión incomoda y ¡demonios!, si se levantara de su tumba, Alfonsina rechazaría la pertenencia de esta obra.

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