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miércoles, 31 de agosto de 2011

No me sorprende la osadía de Coetzee, en cambio, me conmueve


Anterior a este libro de quien fue elegido como el autor del mes de agosto, únicamente había leído Desgracia, dicha novela, al igual que a la que ahora nos aproximamos, si bien densa, y deprimente para muchos, mantiene un disertación de la era poscolonial muy  valiente, el autor no tiene ningún reparo en sondear en lo más profundo del hombre partiendo de un entramado social plagado de prejuicios raciales para, de a poco, exponer lo que es inherente a todos, ese indómito instinto animal que se presenta con diferente cariz de acuerdo a un contexto determinado. Nosotros somos los que nos contenemos, los que nos ponemos normas, pero también,  dadas las circunstancias, somos los transgresores de los principios morales a los que nos apegamos; contravenimos las leyes de convivencia y luego se fomentan las pesadillas en un mundo en donde las carencias ahuecan la civilidad: Hay demasiada gente, y muy pocas cosas. Lo que existe ha de estar en circulación, de modo que todo el mundo tenga la ocasión de ser feliz al menos un día, de ahí parte una teoría a la que el personaje de Desgracia se aferra, igual que Coetzee y todo aquel que quiera subsistir  sin volverse loco en un entorno demudado ante la caída del orden; deberíamos creer que lo que nos vacía […] No es una maldad de origen humano, sino un vastísimo sistema circulatorio ante cuyo funcionamiento la piedad y el terror son de todo punto irrelevantes, así de esquemático tiene que ser nuestro discernimiento y así de pertinaz el discurso de  John Maxwell Coetzee, quien En medio de ninguna parte, su segunda novela, concebida en medio de la soflama del podrido apartheid, lo preconiza como la argumentación de su obra posterior.
La construcción textual de la novela recae un andamiaje formal cuyo pilar es el recurso de la metaficción que en un principio me dio a entender que contaba dos historias empalmadas en una misma secuencia narrativa; creí que los acontecimientos que cuenta Magda sobre su lacerada existencia eran la relatoría de una microhistoria que abriría paso hacia el recuento de la HISTORIA SUDAFRICANA, sin embargo, pronto me di cuenta que no era así, porque Magda no refiere su historia sino que crea una parábola de la terrible situación propiciada por el colonialismo, y vaya maestría con la que Coetzee logra hacer que su personaje nos arroje  un verdad importante e impotente con su capacidad de ficcionar. La frase shakespeareana de que la vida es una historia narrada por un idiota, que ya Faulkner utiliza para desarrollar el monólogo interior en voz de Benjy Compson, vuelve a tener potencia en el universo privado de una mujer embrutecida por la soledad; la lucidez que la vida diaria en un paramo le quita, es reencontrada en su escritura, una verdadera tabla de salvación ante esa orfandad tan terrible que sufre por desconocer el rostro de la madre que la parió y detestar el del padre que la deja a merced de todo y de todos en una tierra de nadie. Sin lugar a dudas, esta es la imagen que describe la falta de identidad de los hijos de los colonizadores enfrentados al proceso de la descolonización, hecho que también se muestra a través de Lucy, la hija violada del profesor Laurie en Desgracia. Con su deseo de matar al padre, Magda busca pagar una condena por toda la refinada crueldad que le fue heredada, pues quién es mejor de desatar el demonio de la heredad sino el miembro femenino del colonialismo, es la mujer blanca la que más vulnerable se halla en medio del territorio africano bajo el contexto de colonización y poscolonialización ; está ahí como presa del desprecio de su estirpe y como objeto de revancha de la población fustigada. El ejercicio llevado a cabo por Coetzee al construir  la psicología de Magda, debo decir, es encomiable, la manera como hace proliferar el pensamiento de ella  a partir de lo que encierra la condición sexual tiene pocos parangones. 
Podría decir mucho más, pero esta novela me deja, más que nada, muchas sensaciones y muchas inquietudes por resolver; hago eco de unas de sus líneas concluyentes, pues verdaderamente me ha cimbrado:
¿He llegado alguna vez a explicar o si acaso a entender qué he estado haciendo aquí, en una región que se encuentra fuera de la ley, en la que las barreras que nos protegen del incesto a menudo están derruidas, en la que pasamos los días envueltos en un asilvestrado torpor, yo, que a todas luces tenía las hechuras de una muchacha inteligente, que sin duda podría haber expiado mis deficiencias físicas aprendiendo a tocar con agilidad, con todos los dedos, el piano, que habría podido confeccionar un álbum entero lleno de sonetos [...]? Por desgracia, no tengo conocimiento de dicha literatura [...]Hay poemas, estoy segura, acerca del corazón que se duele por Vedore Vlatke, acerca de la melancolía del crepúsculo sobre los prados que cubren las amapolas, sobre las ovejas que comienzan a reunirse para guarecerse del frío incipiente en la noche, sobre el lejano molino de viento, el primer chirrido del primer grillo, los últimos trinos de los pájaros posados sobre los espinos, las piedras de la tapia que aún retienen el calor del sol, la lámpara de la cocina que luce sin titilar. Son poemas que yo misma podría haber escrito [Pero]… Estoy corrompida hasta el tuétano por la belleza de este mundo abandonado […] he pronunciado mi vida entera con mi propia voz (vaya un consuelo), he elegido en todo momento mi propio destino, que no es otro que morir aquí, en este jardín petrificado tras las cancelas y las puertas cerradas a cal y canto, cerca de los huesos de mi padre, en un espacio en el que resuenan los ecos de los himnos que podría haber escrito, pero que no escribí por creer que eran demasiado fáciles.
Seguramente, Coetzee, igual que Magda, podría haber escrito algo menos árido si no hubiese nacido en medio de ninguna parte.

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