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viernes, 30 de septiembre de 2011

He atendido llamadas telefónicas en tonos y frecuencias disparejos, pero, como cualquier vicioso que escucha la voz del otro lado sin interrumpirla, persistí en encontrar deleite, ahí, con la línea abierta, todas las veces


No termino de comprender cómo es mejor leer Llamadas telefónicas, ¿antes de conocer otras obras de su autor o después de introducirnos en ellas? Y esto es porque sus páginas son sobres de semillas; unos contienen germen de estilo narrativo, otros de estructuras de anclaje, algunos más de atributos de personajes o de creación de ambientes, pero también contienen pesticidas que cálamo currente deben erradicar algunas plagas de manierismos ante los ojos de un lector que no esperaba encontrar Bolaño, el lector atraído por el icono en el que se ha convertido este difunto escritor chileno.
Confieso que llego a esta compilación de cuentos con tan sólo leída la novela de Los Detectives Salvajes —que ahora me apetece releer— y la lectura simultánea de Estrella Distante y Monsieur Pain —cuyo personaje me atajó el paso cuando me disponía a leer Amuleto—, además de recorrer las líneas de un cúmulo de reseñas, entrevistas y críticas que lejos de aclarar mi mente me han hundido más en la bruma de la mitopoesis, de tal suerte que no sabré nunca decir si lo que pudiera consignar en estas líneas emergería de mi subjetividad o del plagio del dictamen del aparto crítico imperante, por ello me propongo expresar mis emociones más que mis juicios.
Salvado esto, diré que sí, sí, no deje a Bolaño colgado, esperando en la línea; desde el inicio mantuve la postura del que es paciente y escucha al congénere sin chistar, sin decir “no puede ser” “procura no iterar sin objeto lo dicho” “ eso suena gratuito” —por no decir barato, lo cual es más ofensivo— o impertinencias de ese tipo, mi bondad ante el discurso de nuestro escritor llegó a lindar en morbosidad psicoanalítica, a tal punto que me olvidé del reloj y de atender las llamadas reales que recibí.
Creo que lo que propició esta actitud en mí fue que al principio, con “Sensini”, escuche todo lo que quería oír para mantenerme en la torpe ilusión de ejercer la escritura creativa, así que cada vez que aparecían relatos que tornan disparejo al conjunto, seguí expectante como quien primero recibe halagos y luego una retahíla de improperios con la fuerte certidumbre que en algún punto todo volverá al carril. ¿Y todo volvió al carril? Bien, sí, si pienso en los elementos que me han proporcionado las lecturas de los libros referidos, aunque no tanto Monsieur Pain que, aunque deja ver los tics de Bolaño, me resulta muy grato aun fuera del corpus; no, si sólo hubiese leído este libro. En el primer caso, el real, me veo precisada a seguir leyendo a Bolaño para categorizar los elementos de su narrativa con un fin ocioso o sólo para volverme su cómplice; en el segundo, el supuesto, tendría que correr tras su narrativa para recoger los pedazos de universo que nos lanza entre llamada y llamada.
Resumiendo, qué pueden encontrar tras las páginas del libro del mes de septiembre. Quien ya haya leído a Bolaño hallará al estatutario alterego del escritor, Arturo Belano o B, sin sombra de Ulises Lima; los personajes del bajo mundo encubiertos por su vida íntima, siendo entrañables al margen de las balas o las filiaciones; la existencia errante; la figura perdida de Carlos Weider entre las piernas de Joanna Silvestri y la tenacidad de Romero ante la mirada de ella; por otra parte, quien no se haya acercado a su obra encontrará sólo retales o muchas simientes por regar, si esto último le place, claro.
Sin otra equiparación más que ésta, tal como sucede con los cuentos de Haruki Murakami, los de Bolaño aparecen velados sin la lectura de sus novelas; son cuentos de novelista, o sea, son un gimnasio.

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