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viernes, 21 de octubre de 2011

La palabra exacta de Herta Müller


De un mundo rural dejado de la mano de Dios — de esos como existen tantos y que sólo los ciegos de espíritu desconocen—, Herta Müller nos ofrece quince relatos contados con la imaginación infantil instalada en la evocación y pergeñada en el entendimiento poético que, lejos de mitificar el mundo, entresacan de un pobre entorno el trazo que delinea con acidez y sin indulgencia el alma humana; la escritora sabe que los niños, indiferentes a los pactos sociales, traspasan con su mirada inquisitiva las fachadas comunales y, sin ponerse a pensar qué tan cruel suene su vocecilla, cantan rondas, en un andante sostenuto, las debilidades que silenciamos. Así, posesionándose de tal discurso rastrea la historia de un pueblo rumano entre actos aparentemente nimios o, bien, habituales que se relacionan con olores y objetos pequeños, pues como nos advierte en su discurso de aceptación del Nobel, estos terminan atando las cosas más dispares en la vida.
Este libro, aun cuando nos llega mediado por la traducción, trasluce una bien lograda estructura formal con la que se revela la justa intención de la autora: exponer hechos, situaciones y conflictos sin juzgarlos para que a nuestra conciencia entren en bruto. Su palabra exacta resulta la traslación de una serie de imágenes eidéticas que no conocen cesura, pues, por ser mera esencia, son sin necesidad de adornos.
El tema del que versa En tierras bajas no es nada ligero, pero la manera en que la autora nos hace penetrar a ese territorio familiar vedado de esperanzas es tan cautivadora que aunque el olor a levadura, manzana y plantas silvestres se combine con el del moho y acres fluidos humanos, curiosa como soy, no me puedo resistir a volver sobre los signos que se derraman en un ciclo de muertes y renacimientos que claman a gritos la restauración del orden.
Siendo la ópera prima de la Müller, es de destacar esta claridad que tiene para elegir los recursos pertinentes y, asimismo, la determinación con la que defiende la legitimidad de su logos tanto ante el sistema literario de su país como ante un público global que busca la lectura “amable”; un libro así, trae consigo una doble censura: una política, otra comercial.
Ganar el Nobel no es garantía de excelencia, pero, en numerosos casos, abre la oportunidad a que se dé a conocer el trabajo de quienes de otra manera el mercado no favorecería. Gracias a la academia sueca hoy tengo la grata sorpresa de encontrar a una escritora plenamente entregada a su oficio con una conciencia clara de las posibilidades de la literaturidad y guiada por una necesidad de manifestar una visión del mundo.

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