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sábado, 1 de octubre de 2011

los solitarios de septiembre



Así se celebra al otro lado del oceáno

Ayer fue el último día del noveno mes, ¡por fortuna!, diríamos quienes bebemos rescoldos de desgracias producidas en esta treintena. Mi tragedia personal, para colmo de males coincide con las fiestas patrias y, de por sí taciturna, me pongo insoportable por esas fechas.

Una amiga española, Elena, me llegó a decir que soy una mexicana atípica por el hecho de que no soy muy dada a la festividad. En realidad me produce escozor que en mi tierra cualquier cosa sea pretexto para armar jolgorio. Es increíble, con todo y todo, el año pasado se hizo pachanga, más que conmemoración, por el bicentenario de la Independencia; a “tambor batiente”, como diría el señor presidente. A mí me espanta la resaca de los festejos a ese ritmo, pero, por otro lado, mi acritud no debería anular la el valor de la verdadera necesidad de hacer huateque que desde tiempo inmemorable mi gente siente.

Hace unos días platicaba con otro amigo, José Luis, quien vive en España, acerca de todo este espíritu festivo que le nace al mexicano; él me recordó unas reflexiones emanadas de El laberinto de la soledad, esa obra esencial que Octavio Paz escribió en torno a nuestra idiosincrasia:

El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas.

[…]

Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares. Los países ricos pocas: no hay tiempo, ni humor. Y no son necesarias; las gentes tienen otras cosas que hacer y cuando se divierten lo hacen en grupos pequeños. Las masas modernas son aglomeraciones de solitarios. […] Las fiestas son nuestro único lujo; ellas substituyen, acaso con ventaja, al teatro y a las vacaciones, el week end y el cocktail party de los sajones, a las recepciones de la burguesía y al café de los mediterráneos.

También, me comentaba que una vez una asociación lo invitó a participar en una mesa redonda en la que se le pidió que hablará del día de los muertos, pero resultó ser que esta concertación, más que para hablar de costumbres se había efectuado para medir los avances que las distintas asociaciones de extranjeros iban teniendo para integrar a las personas de sus respectivos países. Entonces, así las cosas, el punto de su disertación se enfocó en la fiesta como elemento aglutinador, y, en su caso particular, aglutinador de los mexicanos que vivían en Valencia y su alrededores. José Luis continuó comentándome:
Como mencionaba Paz, en la fiesta, nos disolvemos y rescatamos simulatáneamente. Y, curiosamente, si no hubiera fiestas, la cosa no pasaría de citas de café de las mujeres mexicanas que, en su mayoría, no trabaja. Los dos o tres mexicanos varones que conozco, no nos solemos reunir para tomar el café ni la copa.

Así, un 15 de septiembre o un posada son los momentos propicios para reunirnos de manera multitudinaria. Por supuesto, más o menos hacemos reuniones cuando se trata del cumpleaños de alguien que es muy cercano, pero la tendencia española es que el cumple se limita a tener una comida o cena con tu familia y no más allá. Ya después tú te podrás ir de marcha con tus amigos, como cualquier otro fin de semana.

Dejando estas generalidades a un lado, hace algunos años, cuando organizábamos un "Grito" y veíamos sus detalles, empezamos a intercambiar correos sobre el 'qué celebrábamos', dado que íbamos a pedir permiso a la policía para celebrar en un parque.

La respuestas eran muy cómicas o patéticas, desangeladas o patrióticas, por aquello de que se trataba de celebrar precisamente en España el acto de liberarnos de ellos […] Por supuesto, en la fiesta nada de esto se trasluce. La gente se siente por unos momentos como si esos metros cuadrados que pisa fueran territorio mexicano; se desvincula de la realidad y se acerca a un territorio que añora, y con el que se reencuetra con los platillos que para la ocasión se han preparado de la manera más cercana posible: la Mazeca hace su agosto en España, porque no hay otra forma de acercarte al maíz; los chiles picantes y cilantros los consigues en tiendas o verdulerías de paquistaníes o árabes; lo demás se encuentra en casi cualquier tienda.

Se baila. Se baila aquello que la gente bailaba cuando abandonó el terruño. No la música que va saliendo al mercado en México, de artistas reconocidos, no. Debe ser la música que circulaba por sus venas tras las inyecciones radiofónicas (salvo rarezas de dos o tres éxitos mexicanos que llegan a sonar por aquí). Se baila lo típico, también. Las mujeres, ataviadas con trajes regionales para la ocasión, despliegan los largos vuelos de colores de las telas al son de la música. Españoles, con trajes mexicanos, intentan seguir el paso desde los movimientos aprendidos en su bailar de pasosdobles, jotas y demás españoladas.

Se bebe poco. No sé si esto sea porque no hay mucho macho mexicano, pero la cosa es así. En esta ocasión, un holandés, casado con una poblana, fue quien puso la única botella de ron que entré él y otra chica poblana (no su esposa) —que iba vestida de charra negra, de una muy buena voz— dieron cuenta como de medio litro. Eso sí, el chavo que se vistió de Morelos se fue con otro chavo mexicano a beberse lo bebible de la noche. La chica poblana pasó, porque tenía que irse a casa con su hijita como de ocho años, que si no, también se habría ido de farra.

Y así, de tarde a las cinco a noche a las nueve del 17 de septiembre transcurrieron las cosas de este Grito de 2011. Antier sábado, otra organización de mexicanos celebró el grito. Yo no fui, más que nada porque había quedado de verme en Gandía con un amigo madrileño. También, para mí, creo que una celebración basta.

En su momento, Paz expresaba algo que no sé si era aplicable también a la mujer o solamente pensaba en los varones cuando escribió su Laberinto de la soledad (con independencia de que sea aplicable actualmente o no o si nunca lo haya sido). La gran mayoría de personas mexicanas que están aquí, lo están por rollos sentimentales. Por trabajo, poquísimos. Quienes se mueven 'por amor' son las mujeres, deben acudir adonde estén sus hombres. Los hombres que se mudan por una mujer (u otro hombre) son casos atípicos.
Además de compartirnos su experiencia festejando en la Madre Patria la Independencia, José Luis me brindó unas fotos de la celebración de este año que aquí presento
La tonada de fondo es La barca de Guaymas de la autoría de Rubén Fuentes Gassón, quien fuera violinista y arreglista del Mariachi Vargas de Tecalitlán; la interpretación, de Linda Ronstadt, quien la grabó para el álbum Las canciones de mi padre.

video




1 comentario:

  1. Compartimos la poca aficción a las fiestas, Silvia. Pero ya de chica me ocurría lo mismo. No me gusta la jarana, demasiado ruido, y prefiero asistir como observador que participar.

    Me ha encantado el aporte de Octavio Paz dando sentido a esa necesidad de festejar y reunirse. Y lo que nos cuenta José Luís.

    Es cierto que nosotros los mediterráneos tenemos el quedar a tomar café y charlar dos horas, y las comidas con sobremesas interminables a la mínima excusa.

    Un abrazo,

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