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miércoles, 30 de noviembre de 2011

El miedo es inmaterial pero lo concretamos en el pensamiento


Los relatos de Amparo Dávila nacen de lo real y se desarrollan en la mente, por eso son referidos con palabras simples y explicados conforme a la lógica del extrañamiento. Aunque dentro de nuestra selección, constituida con los volúmenes de Árboles petrificados y Música concreta, no todos los cuentos son efectivos, es más, hay uno en particular que yo no hubiera publicado por nada del mundo —“Garden Party” me parece terrible en todo sentido, lleno de clichés y alargado innecesariamente—, el regusto que prevalece tras esta aventura literaria es bastante grato. Desde “El patio cuadrado” se abre ya la grieta hacia nuestros abismos en donde la vigilia sucumbe y se vuelve una pordiosera que mendiga migajas de identidad.
Entre las páginas recorridas yo encuentro tres cuentos que hacen que le deba expresar abiertamente mi admiración a la zacatecana: “El último verano”, en el que la protagonista termina calcinando a su propio terror;  Arthur Smith, genial muestra de cómo la normalidad in Vitro puede un día corromperse; y “Música concreta” que lleva al límite los efectos de los sentimientos de aversión.
También, disfrute de la vuelta de tuerca que me propino con el relato “Estocolmo 3”, pues desde el principio me hizo sentir que yo sabía más que ella haciéndome mascullar: hay Amparito, Amparito, pero si está más claro que el agua de qué se trata el asunto, pero con el excipit: Después supe, también, muchas otras cosas, me dejó noqueada, en verdad yo nunca sabré tanto como pensaba.
Debo perdonarle el relato malo y aquellos que no logran tener suficiente punch, puesto que ningún escritor es lo bastante bueno como para escribir en tono mayor todo el tiempo, sin embargo, existe aquella estirpe que de todo lo que escribe, sabe publicar lo mejor haciendo gala una filosa autocrítica, como es el caso de Inés Arredondo, de la cual estoy leyendo la compilación de sus cuentos completos gracias a que Mine me prestó esta joya, y tal vez por eso fue que en cierto momento no pude evitar desesperarme con los relatos fallidos de la Dávila, pero ese recelo, afortunadamente, fue pasajero, lo que me permitió sentir en mi propia piel sus narraciones más logradas.
El que uno termine apreciando la narrativa de la Dávila se debe a que sin tanta pretensión la autora nos muestra que el miedo no nace de un agente externo, sino que vive agazapado en los resquicios de nuestra mente; así también que las situaciones que provoca son tan variadas como comunes y que el equilibrio mental es sólo un voto de castidad hecho por nuestra razón, pero la razón no es casta en sí misma; a veces es una verdadera puta.

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