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sábado, 31 de diciembre de 2011

Aira escribe como quien hace el amor sin “la misión” prescrita que lo valide


Para algunos, la escritura de César Aira es demoledora de estilos; yo así también lo pensaba, sin embargo con Embalse, que en mis lecturas entra como un helado postergado que me supo diferente a lo que esperaba —es decir, mejor de lo que había pensado (mejor, imposible), ¡pues claro, no soy monja! —, me hace considerar que su escritura no se toma el tiempo de demoler nada; ésta, más bien, se despliega sin necesidad de obedecer un cometido y por lo tanto es verdaderamente poética: genera para sí misma sin la perturbación de establecer parentesco o descendencia literaria, tal como la sensualidad carnal que sin la etiqueta de pecado no se debe a la procreación.
Embalse es de singular importancia porque explota la imprevisión airana —abandono mal señalado como detonador de innovaciones estilísticas— en el entendido de que es lo más natural, lo menos forzado para concatenar una trama sin discursos tailor-made, pero ese acto de precipitación al suceso lo lleva a cabo a través de personajes fijos en la mente colectiva construyendo así desde un punto esclarecido hacia otro inédito, pero no por ruptura o novedad, sino como variable posibilitada por la individualidad de quien tiene la pluma en la mano.
En verdad, la narrativa de César Aira se desprende de él como la manecita del pequeño Franco se suelta de la tutela del padre loooco: a capricho, no obstante, el autor no siente la aprensión  matemática de Martín, pues como creador se lía de manera distinta con el cálculo, se divierte por encima del análisis y se ve reaccionario, más que renovador, al recoger la experiencia del collage de las vanguardias dada y surrealista que muchos —en la novelística de mi país se da este caso—, creen rebasadas. A mi me da gusto leerlo y que confirme que Kurt Schwitters tiene pulso y que la novela es también una máquina russeliana si se quiere que lo sea, dando cabida a constantes  digresiones como la que da lugar al paseo por el embalse de un César Aira escritor, pero que de paso subraya el enrarecimiento de un supuesto locus amoenus; tras de ello, es más que verosímil  la transformación que de a poco va sufriendo este lugar artificial de recreo hasta convertirse en una geografía natural e inestable que tiene sus días contados.

Nota que tal vez no venga al caso:
Perdonarán tanto como usado, pero recurrí al símil para evitar la metáfora. También, debo explicar que no ha sido por mi cursilería que he recurrido en el primero de ellos al concepto de hacer el amor y no al de tener sexo: hacer el amor lo tomo como un acto meramente sensual, tal como escribir o pintar; tener sexo, más como deporte, con todas sus metas y récord.    

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