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domingo, 29 de enero de 2012

¡Ojo! Por aquí andan los excluidos!


lfriede Jelinek toma la pluma para dar voz a los excluidos. Cáustica y sin dar concesiones —por qué debería darlas— habla de una sociedad, la vienesa de la posguerra, que intenta dar una fachada de estabilidad metiendo al patio trasero a todos aquellos que resultan incómodos en la creación de un nuevo orden; sin embargo esos que reprimidos se hallan, sueñan con que algún día la reconstrucción nacional tomará en cuenta sus necesidades, pero obviamente eso no sucederá, porque sólo son peldaños que hacen posible que las lindas máscaras estandarizadas muestren una sonrisa a Europa y al mundo entero. Lógicamente, también habrá quienes ya no sueñen, por lo que, aun inconscientes de la desesperanza que crece dentro de su ser, tendrán la necesidad de revelarse de la única manera posible: violentamente. Lo triste es cuando esa violencia, ese odio causado por el malestar de no encajar en ninguna parte, se enraíza en la juventud, sobre todo en aquella que sabe que el futuro desdibuja su rostro y lo hace parte de la nada.
Jelinek se expresa magistralmente con un discurso polifónico en donde el narrador es el concertante que reconoce la angustia que abruma a los personajes y es esta voz, por ende, la que matiza y da el tono incisivo a los pensamientos y aseveraciones de los otros. 
Indudablemente estamos frente a una novela inquietante. A mí me dejo perturbada sobre todo porque en México somos cada vez más los excluidos, jóvenes y viejos. Aquél que carece de oportunidad para desarrollar sus cualidades, pronto se olvida de ellas a fuerza de destruirlas, la demolición es total; se destruye uno y se destruye al otro, pues todo deja de tener valor. Rainer -sí, Rainer como el poeta Rilke- y Anna,  los gemelos hijos de un exmiembro de la SS y de una madre acostumbrada a ser vejada, tenían talentos pero no tenían oportunidades, pudieron hacer arte, ese arte que pensamos que nos salva de la barbarie, pero su exclusión nubló sus perspectivas, el chico ya no elegirá una carrera bonita, no escribirá poemas para su pretenciosa amada Sophie, en cambio, le quitará esa mirada gélida a su hermanita, hará que su silencio sea natural y evitará que siga mortificándose, igualmente, a su madre liberará del peso de las amenazas y maltratos que le inflige su cruel verdugo cojo y hará que el cojo no vuelva a levantar la muleta en contra de nadie, pero tendrá que hacerlo de la manera más brutal, para al menos así, salir del anonimato.
Una historia atroz, pero muy común en la nota roja de nuestros diarios, yo me pregunto si los que aparecen en las páginas sociales no advierten que también ellos son culpables, tan culpables como cualquiera de nosotros de crear tanto odio. Atención, sociedad, atención excluyentes ¿a dónde vamos? Con excluir nadie gana en verdad y todos perdemos, somos perdedores por crear invisibilidad, eso es lo que señala la ganadora del Nobel de 2004 y lo expresa de la manera más ruda por si nos queremos hacer los desentendidos.

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