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miércoles, 29 de febrero de 2012

La falla de Inez no está en su voz sino en la impostura de ella


En 2000, la pluma de Carlos Fuentes nos ofreció Instinto de Inez, obra que en un punto clave apunta hacia una intertextualidad restringida; al igual que en el relato de Aura, el místico número tres marca la relación entre dos personajes. Así como Felipe Montero intima con la joven, la mujer en plenitud y la anciana Aura, Gabriel Atlan Ferrara se encuentra en 1940, 1949 y 1967 con Inés Rosenzweig —conocida en el medio del bel canto como Inez Prada— a quien le servirá de medio para un fin que irrumpirá en lo fantástico.
La novela, que empieza en el pináculo de la vida de Atlan Ferrara, introduce un objeto como elemento trascendental, enlace de dos historias interpoladas; un sello de cristal que encierra el recuerdo y el olvido provocando un caos que destruye la noción de tiempo. Instinto de Inez, a mi juicio, debería ser llamativa ya que está estructurada no como narración sino como un palimpsesto cuyas trazas nos inducen a descifrar un misterio, sin embargo los rasgos de Inez superpuestos a los de una mujer prístina, A-nel, se aprecian realmente burdos en comparación y es que, en verdad, tanto este personaje como el de Gabriel Atlan Ferrara me resultan ampulosos, un par de esnobs a los que el escritor les antepone unos apellidos como marca de distinción: Inez es mexicana, pero no una del montón, es Inés Rosenzweig, criada por un tío diplomático, y Gabriel, producto de una mezcla racial insuperable, es todo un dandi, ¡ah!, nada más falta ver como los dos mantienen su buen gusto en el vestir hasta en la alocada época sesentera. Me pregunto qué puede añadir a la novela estos detalles; creo que nada, más bien producen un empobrecimiento del efecto que persigue el autor.  Las partes de la obra que tratan de A-nel y de su pareja Ne-el, son mucho más logradas, manejando un simbolismo que pone a trabajar nuestra intuición y una enunciación profética que encoge el corazón. Lo único objetable es que cuando empiezan a comunicarse con balbuceos emiten fonemas afrancesados, tal vez desde allí le venga tanta pedantería a la diva de la opera.
Siento que Fuentes no aprovechó lo suficiente la voz de A-nel en Inez, esa vida escindida debería haberse resuelto exclusivamente a través de las pasiones de la intérprete al representar tres veces a la Margarita de La condenación de Fausto manteniendo una lucha silente con el director Altan Ferrara —quien siempre muestra indecisión entre permitir o no que la soprano halle su voz primigenia y con ella el reconocimiento de una realidad desoladora—, así hubiera evitado esa caricatura de monstruo María, hibridación de diva de la opera y diva del cine nacional (mitad Callas, mitad Felix) que no logra causar empatía.

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