sin sentido, humedece el asfalto impotente,
y, en las ventanas, exhala vaho con aliento mañanero.
Su gris velo paladea el infortunio presagiado;
ha hinchado nubes desesperanzadas.
En otro lado, cae mustia y remilgada
en las cabezas muertas de la grey,
en el campo seco como cincuentona abandonada.
Entre las rocas, el nopal despierta un poco,
le duele el alma en la tuna que le brota:
cardona, abrumada con su propio dulzor disipado;
en este lugar, su gustillo es mi corazón flagelado con espinas,
sutiles como la barba de un joven;
aquel chico que murió con la distancia
—no en ella, en ella no—
y con el tic tac que todo lo deforma
reafirmando los kilómetros impostados,
para impostar la voz adulta y enronquecida,
tal vez, también, para quedarse sordo.
Mi grito de auxilio se apaga con el trueno
Y me vuelvo extraña ante la luz de su centella.
Mis pies se mojan en el charco,
quiero recostarme en el cauce poluto del río que se recuerda,
sufrir la escalofriante punzada que trae la fiebre,
reflejar el acto de un ancestro.
Luego, pienso en la sinonimia que hallo entre bien y mal,
y no me perturba que expresen que he fallado
cuando sé que es el golpe más certero mirar de frente a la muerte.
La lluvia persiste y yo me dejo en ella:
morosa e infecunda para la vida;
fecunda y temprana para la muerte,
sueño entre la inclemencia mi futuro.
Wastedcherry (S.T.F.R) (Ver licencia en El diario íntimo de Brígida Pérez)
sueño entre la inclemencia mi futuro.
Wastedcherry (S.T.F.R) (Ver licencia en El diario íntimo de Brígida Pérez)


